viernes, diciembre 01, 2017

MÚSICA Y CASA



Tercera colaboración con el programa Longitud de Onda de Radio Clásica de Radio Nacional de España. Guión previo.

LA CASA Y LA MUSICA

Para pensar en la música y la casa voy a traer al recuerdo una de esas películas ya míticas que nos descubrió a muchos la figura de Saint Colombe: TODAS LAS MAÑANAS DEL MUNDO del director Alain Corneau en 1991. Y lo hago porque, como recordarán, la película arranca con “un bolo” de Saint Colombé en una casa, y por un motivo muy sorprendente para todos nosotros: tocar música en la alcoba de una casa para una persona que se estaba muriendo.

Les pleurs. M Saint Colombé. Jordi Savall



Morirse en casa y pedirle a un músico que venga a acompañarnos en ese trance con su música. Qué sugerente ¿verdad?  Pero claro, eso era en el siglo XVII.

Si vieron la película recordarán que el propio Saint Colombe tenía también una gran casa, una casa amplia y preciosa. Una casa con la que, viendo esa película, yo disfruté tanto como con la música.


Porque una cosa es una casa, y otra cosa un piso, o sea, un apilamiento de viviendas o una hilera de ellas, o incluso eso que llamamos “chalet”. Como arquitecto o como crítico de arquitectura vengo estudiando “casas” desde hace muchos años, y para empezar a entender sobre este asunto lo primero que tengo que decirles es que tienen que hacer  la distinción entre “arquitectura popular” y “arquitectura vernácula” porque aunque el fenómeno “casa” se da ya en la arquitectura popular formando esos conjuntos de casas que dieron lugar a nuestros preciosos los pueblos, la gran casa, la buena casa, el caserío, la masía o la casa solariega, pertenecen a ese otro mundo que llamamos la “arquitectura vernácula”.

Como siempre me presentáis como autor de muchos blogs, hoy tengo que hablarles necesariamente de uno de ellos en el que voy coleccionando Casas Solariegas de la Rioja, y en el que ya llevo más de quinientas casas  catalogadas. Se titula así: CASAS SOLARIEGASDE LA RIOJA. Pongan eso en google y podrán verlas y disfrutar de su presencia. 

Casas del siglo XVII y XVIII e incluso del XIX, casas en las que, muchas veces pienso, seguro que hubo música. Con una tiorba, con un virginal, con una viola de gamba, un guitarra o un piano. Casas como la de Saint Colombé, en la cual se ensaya y se dan clases a las hijas. Casas que vibraban gracias a la música de sus propios moradores, o quizás, de algún invitado.

Música como la que he oído tantas veces en mi propia casa (bueno, aquí siento tener que decir piso… ) cuando mi hija Teresa venía del instituto por la tarde y se sentaba al piano a ensayar las lecciones del Conservatorio. Y tocaba esa música sencilla que en tantas y tantas casas habrán escuchado los abuelos o los padres y los hermanos y que tiene ese aire tan cándido que seguro que les emocionará oír una vez más  tanto como me emociona a  mí:

Vals en La menor de Frederic Chopin



La música en la casa es de natural sencilla, íntima. Primigenia quizás. Pero…

Vamos con la tercera parte de la película. La que más me impactó a mí (cosa que he contado en otro de mis blogs, el SPYP, un blog de variedades que tengo por ahí para ir dejando notas escritas, inicialmente sobre periodismo y política y luego sobre cine, música, libros etc.) Bueno en ese blog, en el número 637 del SPYP comenté el hecho singular de que Saint Colombé se construyera una cabaña en el jardín, abandonando su espléndida casa, para pasar días y noches  allí, en su cabaña, en soledad con la música.



Y aquí viene mi reflexión: hasta el siglo XX, ese vivir en íntima compañía con la música solo lo podía hacer un músico.

M. de Saint Colombe

Pero a partir del invento de los medios de reproducción lo puede hacer todo el mundo. Tener dentro de casa (o incluso piso) una cabaña para estar en comunión con la música.

Pues bien, aquí les voy a contar ahora algo que ni siquiera he contado en ninguno de  mis blogs: en el año 1995 la revista Archipiélago me encargó realizar una entrevista al filósofo Eugenio Trías, como sabrán, uno de los más grandes pensadores contemporáneos que ha dado este país y autor de uno de los libros más profundos sobre pensamiento y música que se hayan escrito en España: EL CANTO DE LAS SIRENAS editado en Galaxia Gutemberg del Círculo de Lectores, Barcelona 2007.



Trías me invitó a su casa para hacer la entrevista y al final de la misma y cuando le pregunté por sus aficiones, se levantó del sofá del salón donde respondía a mis preguntas y me abrió una habitación (una vieja alcoba) que tenía todas sus paredes llenas a rebosar de ordenadísimas estanterías con discos y CDs. Era su auténtica cabaña de la música. La misma que la de Saint Colombe.


Un lugar sagrado para escuchar música en la intimidad y pensar…, pensar y pensar en las relaciones entre la palabra y la música, entre el logos y el phonos, el espíritu y el sonido, que es de lo que trata su libro.

Siendo ya diciembre y próxima la navidad les propongo escuchar una pieza que el mismo Eugenio Trías menciona en el arranque del capítulo que le dedica a Juan Sebastián Bach: el comienzo de la segunda cantata del oratorio de navidad en el que, según Trías,  un coro de oboes (música de la tierra) dialoga en un magnífico efecto estereofónico con un coro de violines (música del cielo):



Curiosamente, en las páginas siguientes Trías habla de la poca adecuación de esta música para las salas de conciertos, y sin embargo, fíjense  bien,  es música que todos nosotros, gracias a los modernos aparatos de reproducción, podemos escuchar íntimamente en las cabañas de nuestras casas o incluso, en las cabañas de nuestras modestas viviendas o de nuestros tristes pisos apilados unos encima de otros. 

En este enlace la versión audio del programa. 

viernes, noviembre 03, 2017

MÚSICA Y ESPACIOS URBANOS



(Segunda colaboración con el programa Longitud de Onda de Radio Clásica, por invitación de Yolanda Criado y Fernando Blázquez).

Frente a la costumbre de escuchar la música de una manera autónoma o aislada de contexto, la idea que trato de perseguir con esta pequeña serie de apariciones en radio es poner en conexión la música con los lugares (y si es posible hasta con los momentos concretos en que se produce). Así pues si en mi primera colaboración ese esquema nos llevó a unas campas de montaña, a los campos de cultivo o a los campos de batalla, la idea para hoy sería hablar de algunas músicas que tienen que ver con la ciudad, es decir, con sus calles, sus plazas o algunos de sus rincones

1) Ahora bien, cuando hablamos de espacios urbanos hay que andar con cuidado y tener presente la gran diferencia que existe entre un tipo de ciudad de calles y plazas, donde hubo un tipo de música muy concreta que nació y caracterizó esos lugares; y una ciudad emergente, nueva, reciente, que es la ciudad de las rotondas, bloques y grandes autovías (pongamos para entendernos, Valdebebas, los Paus, Seseña, Valdeluz de Guadalajara, las ciudades de adosados etc.) donde aquella música ya no tiene sentido.

Por hablar de lo que yo hago en materia de análisis de la ciudad, tendría que contarles que tengo en marcha un monumental trabajo de disección, catalogación y sobre todo diferenciación entre un tipo de ciudad y el otro, en el que uso mi propia ciudad, o sea, Logroño, como laboratorio o material de estudio. La idea de este trabajo al que llamo genéricamente Guía de Arquitectura de Logroño, es valorar, por un lado, esa forma antigua de hacer ciudad mediante calles y casas dentro de una escala humana, en las que los ciudadanos se representan en sus fachadas, salen a los balcones, van de compras en sus tiendas y se encuentran por las aceras; y por otro lado, denunciar esa otra forma de hacer ciudad desescalada, basada única y exclusivamente en los planes urbanísticos y las operaciones inmobiliarias cuyo resultado son esas desoladas calles-autovías donde van cayendo bloques y bloques entre enormes espacios verdes, centros comerciales y rotondas. Muchas rotondas. Rotondas por todas partes en lugar de plazas. (Y donde los ciudadanos se encuentran acaso por internet...). 

Y mira por dónde que la música, un determinado tipo de música, viene ahora en mi ayuda para que se entienda mejor la diferencia entre esas dos ciudades tan distintas.

Ya sé que no es fácil de entender en poco tiempo el tajo que existe entre esos dos tipos de ciudades (porque es una idea personal en elaboración que necesita de mucho desarrollo), pero ahora viene la sorpresa....: y es que de vez en cuando, no sé si ustedes han tenido la suerte de vivirlo, en esas calles de la ciudad tradicional se produce algo así como un acontecimiento mágico, que no es otro que la irrupción de la música, de una música eminentemente urbana, una música pensada fundamentalmente para la calle que es la música de las bandas municipales de viento y percusión.  

Normalmente la música de bandas está hecha para las procesiones y los desfiles, sin olvidar entre estos últimos aquellos “desfiles militares”  que serían la continuación de la música de los campos de batalla que veíamos en el anterior programa, cuando entraban o salían los ejércitos de la ciudad. Pero las procesiones o los desfiles, por esperados, me parecen mucho menos emotivos que la música de los pasacalles que se produce así como por sorpresa, y que es un anuncio de la fiesta o de una dimensión en que la ciudad se transforma por entero.

Como músico, tuve la suerte de tocar en la Banda Municipal de Logroño con mi tuba y también yo disfruté como un enano sorprendiendo a la gente con los compases de un pasodoble o un pasacalle (que a veces los confundo) llevando al Alcalde y a toda la corporación municipal detrás. A ver, imagínense que van por la calle de cualquier ciudad compras o que están trabajando en su oficina y que de repente notan que se para el tráfico y la vida habitual de la calle, y les llega a sus oídos esta música….



No por favor. No miren el vídeo. No es un concierto lo que quiero que escuchen sino a una banda que pasa por las calles haciendo esa música. Música del maestro Jaime Teixidor. Muy a gusto les hubiera puesto Valencia, de José Padilla Sánchez, que podría ser mi pieza favorita, porque... ¿quién no se emociona al escuchar Valencia? -especialmente si la oyes en las calles de Valencia, claro, como he tenido la suerte de escucharla yo. Lo que pasa es que el pasodoble Valencia  tiene un arranque un poco grandilocuente y como de concierto, y por eso he preferido ponerles  la pieza de Teixidor que nos hace entrar antes en calor.

2) Y hablando de concierto, vamos con el segundo gran tema de la música urbana, de la gran música de bandas de viento y percusión, que es la creación de un lugar especial para su ubicación: el kiosko de música.

Pero atención nuevamente. Lo importante para mí de los kioskos de música no son tanto los conciertos o la calidad de las piezas musicales para bandas, como la idea de poner la música en el mismísimo centro de la plaza más importante de la ciudad. Hay kioskos en parques o en alamedas, pero lo que a mí me emociona de algunos kioskos, por ejemplo el de la plaza del Castillo de Pamplona, es que estén justo en el centro de la plaza más céntrica o más importante de la ciudad, porque aunque no haya concierto, ese pequeño edificio es ya como un monumento perenne a la música. En esos kioskos se daban conciertos, claro y hasta se daba incluso baile (¡baile en la calle! aquel patrón de Alexander del que les hablé en este mismo blog) pero ya digo, sobre todo se entroniza a la música.


Así pues, pensando en el más grande compositor de todos los tiempos y en el kiosko más bonito que he visto en mi vida (!)…, voy a proponerles escuchar en... el kiosko de la plaza de la Paz de Haro, pequeña ciudad de La Rioja que les invito a visitar si no la conocen, una pieza para banda de Beethoven que seguro que les va a alegrar la mañana.

(de 0 al minutos 2:10)




3) No quisiera dejar este tema de la música y los espacios urbanos sin hacer referencia a una de mis debilidades musicales: la de los músicos callejeros, esa gente que sale a la calle a pedir unas monedas con su arte, o simplemente a probarse a sí mismos como músicos. Gente ante la que siempre me paro y con la que muchas veces disfruto más del lugar que han sabido escoger para hacerse oír en el bullicio urbano, que de su propia calidad o repertorio musical. Yo he tocado mucho en la calle con una banda de dixieland, pero creo que mi mejor recuerdo es haberlo hecho con mi hija pequeña en Viena interpretando con un saxo tenor y un saxo alto varios dúos de Mozart para clarinete justo delante de su casa, la casa de Mozart.


Aunque por hacer mención a la historia de la Arquitectura y a una anécdota más jugosa, igualmente emotivo fue tocar esos duos de Mozart en la Michael Platz debajo de la famosa casa de Adolf Loos, donde una señora muy elegante se paró para darle un billete a mi hija con una tarjeta suya en la que ponía que era nada menos que... ¡la Presidenta dela Asociación de Mujeres Músicas de Viena!



Les dejo pues con uno de esos duetos, obviamente al clarinete, porque no he encontrado ninguna versión interpretados al saxofón. Una música que seguramente les dará mucho gusto escuchar en la calle:





Si prefieren la versión radio, ya está en red el podcast del programa que se emitió el jueves 2 de noviembre del 2017.


martes, octubre 17, 2017

GUÍA DE ARQUITECTURA DE LOGROÑO vol II. La ciudad de paquetes y autovías




Desde hace año y medio vengo trabajando con más o menos constancia o a rachas, en el borrador del volumen II de la GUÍA DE ARQUITECTURA DE LOGROÑO - LA CIUDAD DE PAQUETES Y AUTOVÍAS que ya anuncié en la edición del volumen I, pero en vez de hacerlo en papel o formato WORD, como hice en aquel, esta vez estoy trabajando en abierto, es decir, en formato BLOGSPOT.

Es una decisión que me creó algunas dudas, porque los datos y comentarios que voy publicando no son definitivos, pero eso es lo primero que aviso cuando el lector quisiera echarle una ojeada.   Pasada ya una década de la invención de los blogs, tengo por seguro que un blog no es una "publicación" sino algo así como una confesión personal en un formato de gran versatilidad.

Como es lógico, el borrador está lleno de imprecisiones y de falta de coherencia entre capítulos, pero eso son defectos que se irán corrigiendo en las sucesivas revisiones del texto. Si los lectores del borrador quisieran hacerme correcciones o precisiones les estaría muy agradecido.

No estoy seguro de que una Guía como la que estoy realizando pudiera llegar a ser considerada como la Historia de la Burbuja Inmobiliaria en Logroño durante 1985 y 2010 (más o menos) pero cuando menos podrá servir a quien profundice en ello como información sobre sus arquitectos protagonistas.

Aunque lo más importante es que sirviera de base crítica para comparar los dos modelos de ciudad y extraer consecuencias. La actividad inmobiliaria vuelve a ponerse en marcha tras el pinchazo de la burbuja, y aquí todavía no ha dicho nadie nada mínimamente serio sobre el cambio de paradigma y sobre la ciudad de paquetes y autovías.


viernes, octubre 06, 2017

MÚSICA Y ESPACIOS ABIERTOS


Campas de Arraba en el Monte Gorbea

En el número 50 del LHD (hace de eso ya once años) prometía a mis lectores algunos relatos o reflexiones sobre mis experiencias musicales en relación con la arquitectura, pero fue pasando el tiempo, los lhds y... otros blogs. y el asunto se fue quedando en el tintero. Y así, cuando menos me lo esperaba, o sea, al comienzo de este primer curso de jubilado en el que mi programa de actividades estaba bastante abierto, va y me llaman de Radio Clásica de Radio Nacional de España a ver si quiero colaborar unos minutejos al mes con un programa llamado LONGITUD DE ONDA.

Atendiendo a mi natural desconfianza con la prensa y los medios de comunicación (y a que ya vale de aprovecharse del tiempo libre de los jubilados...) el cuerpo me pedía decir que no; pero..., atendiendo a mi deuda con el LHD y con las satisfacciones que me han dado la música y la arquitectura, ay, no me podía negar.  Al fin y al cabo, Yolanda Criado y Fernando Blázquez, que así se llaman los conductores de ese programa, me regalaban el pretexto para repasar más o menos ordenadamente algunas de mis muchas vivencias musicales en relación con los lugares en que se produjeron así como a repensar sobre la mutua influencia entre arquitectura y música.

El proyecto abarca nueve programas a emitir los primeros jueves de mes, para los cuales tengo enviar previamente un pequeño guión con dos o tres cortes musicales a modo de ilustración. Establecido un pequeño boceto de los títulos de los nueve programas, la semana pasada les remití el guión del primero de ellos al que puse por título MÚSICA Y ESPACIOS ABIERTOS. Los directores de Longitud de Onda me habían pedido que escribiera un texto que se pudiera leer como si no estuviera escrito (!!!) es decir, en un estilo coloquial o algo así. Yo siempre he tratado de escribir huyendo de florituras literarias pero lo de escribir para leer y que no se note que se lee, ja ja ja, me parece como un poco fraude. Pero en fin, sea lo que fuere o lo que salga luego en los programas de radio (miedo me da que encima se guarden en podcast), yo ya he empezado mi trabajo y como su auténtica coartada o verdadero objetivo es el de compartirlo con los lectores del LHD, aquí los voy a ir poniendo. Este es mi primer guión:



MÚSICA Y ESPACIOS ABIERTOS

"Aunque ustedes me han invitado a su programa para poner en relación la música con la arquitectura, voy a empezar mi modesta colaboración tratando de evocar la música allí donde no ha puesto la mano el hombre, allí donde no hay arquitectura. Música y no-arquitectura, podríamos decir; o por expresarlo de otro modo, con un titular más positivo: música y espacios abiertos.

Y es que al decirlo de esta última manera -música y espacios abiertos- me viene a la memoria una de las experiencias musicales más intensas de mi vida. Una experiencia que de algún modo me gustaría compartir con los oyentes de este programa. Para que vean si fue intensa, no tengo más que decirles que sucedió hace casi cuarenta años y la recuerdo perfectamente. Iba yo de excursión al Monte Gorbea con mi mujer, en el año 1978, cuando al pasar por las campas (creo que se llaman de Arraba / ver foto en el encabezamiento del post), oí la música de un extraño y solitario instrumento que me dejó completamente turbado. No llegamos a ver al instrumentista pero alguien con quién nos cruzamos nos dijo que se trataba de un alboca. El hecho de no ver al músico seguramente añadió algo de misterio a aquella experiencia musical, pero sin duda fue la grandeza y belleza de las campas del Gorbea lo que sirvió de soporte a dicha experiencia. De haber oído el agudo tañido de la alboca en una calle, en un escenario, o aún peor, en un programa de la televisión, es seguro que no me hubiera producido semejante impacto. Para entonces ya habría escuchado yo la Pastoral de Beethoven o la Primavera de Vivaldi, esas famosas obras para grandes orquestas (de espacios cerrados) que tratan de evocar los espacios abiertos de la naturaleza, así el contrapunto entre una cosa y la otra se me antoja extraordinario. No es cuestión de elegir entre lo uno y lo otro, pero sí de sugerir que la grandeza de cualquier escenario de la naturaleza puede hacer de la más humilde música popular de un instrumento monódico algo comparable a las más grandes obras de la música.

Muchos años después, cuando me hice músico y aprendí a tocar la dulzaina, la llevé al monte en muchas ocasiones para que alguien pudiera sentir aquello que había experimentado yo en aquella excursión al Gorbea.

Tocando en la cima del Pico del Aguila cerca de Logroño

Y así, descubrí también que la propia naturaleza podía colaborar con mi música. Al tocar entre las peñas del macizo de Codés o en las más cercanas de la sierra de Cantabria pude sentir y vibrar con la ampliación de sus ecos. O al tocar un día la dulzaina con mis hijas mientras esperábamos a cruzar el Canal de la Mancha, pude escuchar también la aportación del ruido del mar a modo de bajo continuo. Las campas bucólicas no eran los únicos escenarios posibles de la música de los espacios abiertos. Había muchos otros lugares hermosos que podían servir de soporte musical. 

De hecho, el lugar más entrañable que recuerdo en cuanto a música y naturaleza es el soto del río de mi pequeño pueblo, Anguciana, en La Rioja, porque a aquel lugar no era necesario llevar instrumento musical alguno. Siendo yo un niño, mi padre me llevó un día al soto, justo al amanecer, para que oyera la extraordinaria sinfonía de los cantos de los pájaros en primavera....

Después de contarles todo esto ya se pueden imaginar que se me hace imposible ponerles aquí una pieza musical que les pueda trasladar a ustedes a las campas, a las peñas de las montañas o al amanecer en el soto de un río; pero..., para que por lo menos sirva de ilustración de esto que les cuento, para que le concedan a los espacios abiertos la cualidad de incomparable escenario musical les voy a poner un pequeño fragmento de música de alboca que he encontrado en un youtube cuyo autor también ha querido permanecer en el anonimato (o firmando como albokeroe.com), permitiendo expresamente cualquier reutilización. Este es el enlace: https://youtu.be/rkP7NkqfvkU (Parar al llegar al 2:55)



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Subiendo de Marrakesch hacia Ouazarzate

No todo en el campo son bellos paisajes, pajarillos y pastoreo bucólico. Antes de la mecanización, el campo (o digamos el agro para entendernos mejor) ha sido lugar de duro trabajo para millones de hombres y mujeres a lo largo de la historia. Y mi segunda gran experiencia musical en espacios abiertos tiene que ver con ello. Me ocurrió en un viaje por Marruecos en el año 1999. Íbamos en autobús desde Marrakesch hacia Ouazarzate y al pasar por un puerto de los montes del Atlas hicimos una parada técnica para tomar algún refresco e ir al water. Era un barzucho donde apenas había nadie y al parar el motor del autobús se respiraba la típica paz de las montañas. El caso es que en cuanto se acallaron las voces de los viajeros entrando al bar, me llegó a los oídos un lejano pero estridente sonido que parecía de un coro de voces femeninas, y me quedé clavado junto al autobús. ¿Qué era eso? Me pregunté. Aguzamos el oído y la vista y descubrimos que se trataba del cántico de un grupo de mujeres que estaban segando hierba o cereal al otro lado del valle.

Poblado de la zona Tizi-n-Tichka bajando hacia Ouazarzate

Cánticos de ánimo y alegría para compensar el duro trabajo de la siega bajo el sol del Atlas. Recuerdo que la emoción que me produjo aquella música casi hizo que se me cayeran las lágrimas. Años después con el invento google puse en el buscador y en todas sus variantes “cánticos de la siega en Marruecos” por ver si podía revivir aquella emoción pero nunca tuve suerte. Lo más parecido que encontré fue un vídeo de cánticos de siega en las montañas de Ecuador. Y bueno, por asociación musical, también pensé en los blues más arcaicos de los esclavos negros en las plantaciones de algodón del sur norteamericano.

Cuando le conté esta experiencia a un amigo mío que sabe de música mil veces más que yo, me recomendó escuchar la recopilación que hizo García Matos del folclore español en los años cincuenta en la que seguramente habrá cantos de siega. Pero como con todo eso del folclore nos podríamos perder, para evocar ese espacio entre montañas, esa pequeña terraza de cereal donde se produjo aquella música maravillosa de un coro de mujeres, he preferido traer aquí a un coro de voces femeninas que siempre hemos escuchado en disco o escenarios pero que seguramente surgieron en espacios similares. Un fragmento del grupo EL MISTERIO DE LAS VOCES BULGARAS.

https://youtu.be/mrcgDhpS3uo desde el 0:24 al 2:58


Seguramente los oyentes o personas más entendidas sabrán encontrar músicas íntimamente ligadas a los espacios abiertos más originales que lo que he podido extraer yo de mi modesta vida musical, pero bueno, me encantaría que de esta asociación saliera un repertorio con más enjundia de lo que yo he sido capaz.

The March of the Cameron Men, trincheras de la Primera Guerra Mundial

Por acabar este pequeño apunte, me gustaría también mencionar una música en espacios abiertos que afortunadamente... no he tenido la desgracia de escuchar en su auténtico sentido, pero que debió ser muy frecuente en la larga historia de las guerras europeas: la música de los campos de batalla, la música de los tambores de los ejércitos de Napoleón, por ejemplo, o la que evocaba recientemente Félix de Azúa en un artículo en El País, la música de los gaiteros escoceses precediendo a sus tropas en famosas batallas como la de Culloden, o, como en el caso que les traigo aquí, en las desoladas trincheras de la Primera Guerra Mundial al que pertenece esta pequeña marcha de un minuto de los Cameron Men. Música que precede a la muerte, al fracaso o al triunfo, música terrible que nosotros escuchamos como cualquier cosa pero que el cespacio abierto de la batalla tenía que cobrar un sentido bien diferente.


Música y espacios abiertos, músicas casi siempre monódicas, agudas y estridentes, seguramente no muy cultas y desarrolladas, pero siempre emotivas e impactantes por la grandeza del soporte o la circunstancia en que se produce.

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Ups, veinticuatro horas después veo que ya está colgado el podcast de la emisión radiofónica realizada el jueves 5 de octubre. Vive dios que no quiero escucharlo. Pero ustedes son muy libres. 

miércoles, mayo 31, 2017

LOS ÚLTIMOS DE JAPÓN



Todo el mundo ha acabado por sentir amor, o por lo menos piedad, hacia el primer país que sufrió en sus carnes los devastadores poderes de la energía nuclear, pero esa condición de víctima que Japón adquirió tras el brusco final de la Segunda Guerra Mundial ha ocultado que los japoneses son uno de los pueblos guerreros menos propensos o dispuestos a la rendición. Entre las cosas que he leído estas semanas atrás sobre las bombas de Hiroshima y Nagasaki está el análisis de que sin ese par de deflagraciones nucleares el final de la contienda entre Estados Unidos y Japón hubiera sido terriblemente más cruenta. Según documentos de la época, ante una posible ocupación norteamericana los japoneses estaban dispuestos a morir con los cuchillos de casa en la mano. Todo menos rendirse.

Tras las pasadas semanas de interés por formar un grupo de amigos y arquitectos de Logroño para organizar un viaje a Japón, algo de ese espíritu indómito parece que se nos ha pegado a unos cuantos porque, aunque todo parecía ponerse en contra, al final de la reunión del lunes 29 de mayo no nos dimos por vencidos y acordamos que tarde o temprano acabaríamos yendo juntos a Japón, y que ese acuerdo no era una derrota sino el germen de un futuro triunfo.

Ya una semana antes Raúl Gonzalo (y no yo) se había constituido en el auténtico valedor del viaje. "Da igual lo que cueste, Juan, -me había dicho por teléfono-, lo importante es volver a juntar a una piña de arquitectos para salir afuera y ver mundo. Sí, vale, seguramente si se lo organiza uno por sus propios medios igual te sale más barato, pero no es lo mismo. La buena compañía o la camaradería entre arquitectos es algo que no tiene precio". A decir verdad me quedé impresionado por el entusiasmo de Raúl y por la razón y el valor de sus palabras, ...aunque también con la pena esa del pesimista que acaba por pensar que lo que no tiene precio... se desprecia.

De un posible grupo de 21 personas interesadas en un viaje a Japón para los próximos San Mateos nos habíamos quedado sólo ocho, Antonio Blasco, Eva Gil, Raúl Gonzalo, Yolanda Soares, Chema Peláez y Cristina, y mi mujer y yo, aunque a última hora aparecieron dos refuerzos más: Inmaculada Sanz y Jorge Leal.

Japón es un mundo mucho más denso y abigarrado de lo que yo había pensado. Y formar un grupo de antiguos viajeros del COAR en estos tiempos de facebook o uasaps, también es algo más complicado de lo que había podido imaginar. Los sociólogos y analistas de la conducta ya están avisando de que todo el mundo prefiere dar o recibir cientos de "visitas al blog" o miles de "megustan" por aquí y por allá antes que comprometerse en la más mínima cosa. La amplia red de contactos superficiales está sustituyendo, cuando no anulando, al contacto personal. Y por eso mismo, creo que la alegre mesa de los "últimos de Japón" es el mejor recuerdo de estas semanas de ilusiones y preparativos. O tal y como acordamos, el mejor germen de un futuro viaje.

Para crear un grupo de treinta o cuarenta viajeros arquitectos con destino a Japón, hay que seguir profundizando mucho más en su cultura, hay que pensar recorridos concretos de arquitectura moderna, hay que estudiar y seleccionar algún templo que valga la pena de entre los miles de templos que ofrecen, hay que pensar en paisajes no trillados o lugares más selectos, y lo que siempre me ha gustado a mí para los viajes COAR, hay que dar con alguien de confianza en Japón que nos pudiera abrir camino y servir de interlocutor. Pero por otro lado, entre las conclusiones de esta experiencia de organización, también he sacado la conclusión que hay que dejarse de blogs, mails, facebook y uasaps y aceptar que no son el sustituto de las tradicionales relaciones personales, porque... para viajes virtuales ¡ya está la red! Viajar con personas, es otra cosa. No digo que sea como "hacer la guerra", pero... casi, ja ja ja.

Lo dicho, este año no ha podido ser, pero los últimos de San Mateo Nipón 2017... ¡no se rinden!