jueves, mayo 10, 2018

MÚSICA EN PEQUEÑOS LUGARES



(penúltima colaboración para el programa Longitud de Onda de Rne Radio Clásica. Aquí el borrador previo a la emisión en directo del 9 de mayo del 2018)

Eso que llamamos la Gran Música, es decir, la Música Sinfónica, la música hecha por esa gran máquina excepcional que es una orquesta sinfónica, es lógico que se ejecute en grandes espacios o en arquitecturas magníficas, como los teatros más amplios de las grandes ciudades, los auditorios de los que hablamos hace unos cuantos programas, o incluso en los escenarios de edificios pensados para las óperas. Con Brückner y con Mahler, verdad, esas enormes máquinas de sonido que son las orquestas sinfónicas habían llegado a tener más de cien músicos sobre el  escenario, por no hablar de las decenas de cantantes de las corales cuando había que interpretar sinfonías con partes cantadas.

Pero como toda civilización que se expande y llega a su cenit, la música también se hundió, o si lo prefieren, ascendió  al cielo de las artes, o mejor aún, según la acertada expresión que acuñó Ortega y Gasset en su incipiente ensayo de 1925, “se deshumanizó”.  Nada mejor para entender el desconcierto que produjeron las vanguardias artísticas en los albores del siglo XX que  leer este precoz ensayo de Ortega, La Deshumanización del Arte. La música, como la poesía, la pintura, o la arquitectura se hicieron abstractas y vanguardistas y nos dejaron con cara de tontos.

Ahora bien, la música, tan íntima y necesaria para la vida de los hombres, no podía morir del todo, no podía deshumanizarse. Y aunque muriera en Viena, o en el corazón de Europa, y subiera a los cielos del arte por el arte con Schönberg, Stravinsky, Webern, etc, la música para la humanidad, la música con vocación de universalidad tendría que volver nacer en algún otro lugar. Y así ocurrió. La música vino al mundo donde menos nos lo podíamos imaginar: en los campos de algodón de los Estados sureños de Norteamérica y en los garitos de Nueva Orleans.  

Y es que la gran música de la primera mitad del siglo XX  ya no va a ser  la música vanguardista europea sino el Jazz, y en su origen, cómo no podía ser menos, el  jazz fue una música alegre y sencilla: el dixie tocado en los garitos de Bourbon Street. Una música, por cierto, que llegó a Europa con la Primera Guerra Mundial con otro nombre, el charleston.

1) Pues bien, para proponerles visitar ya algún local donde escuchar dixie, les diré que si van a París no dejen de ir a  La Caveau de la Huchette , templo sobreviviente de aquel jazz primitivo, un local situado en el barrio Latino que descubrí una noche con mis compañeros de Escuela por pura casualidad y sobre el que escribí este pequeño artículo para no olvidar su localización.

A modo de muestra vamos a escuchar un tema de Fats Waller y Ada Brown, That ain’t Wright  de la película Stormy Weather (1943) donde se reproduce el ambiente de uno de aquellos bares o garitos del dixie donde, como digo yo, o entiendo yo,  renace la gran música en el mundo.




2) El jazz creció muy rápidamente y tras viajar de New Orleans a Chicago, al final se instaló en Nueva York donde los pequeños grupos se trasformaron en fantásticas orquestas o Big Bands, y los bares y garitos dieron paso a elegantes clubs donde la música recobró otra de sus funciones capitales: dar baile. 

Como homenaje a un músico de mi pueblo, hace años escribí un bonito artículo titulado LA MUSICA QUE DA BAILE

Y decía allí que esa es una de las funciones más hermosas de la música. Pues bien, en cierta ocasión, cuando Juan Claudio Cifuentes vino a Logroño a hacer un programa sobre la Big Band amateur donde yo tocaba para su programa de TVE2 Jazz entre amigos, nos contó que la forma en que las grandes big bands conseguían los contratos de las mejores salas de bailes de Nueva York era tan sencilla como ver cuál de ellas sacaba más gente a bailar a la pista.

Por haber pertenecido a otra generación (yo nací en el 53, es decir, con el rock and roll) he lamentado mucho no haber visitado nunca o no haber buscado por el mundo alguna de aquellas maravillosas salas de baile donde las Big Band hacían vibrar su excelente música.




Sólo las he visto en fotos o en las películas, pero gracias a la magia de la imaginación podemos poner juntas, por ejemplo, la Sala Pasapoga de Madrid y una de mis orquestas preferidas la de Cab Callowey, con una invitada excepcional, Dorothy Donegan.  El corte al que les invito está en la película Sensations of 1945 y aunque es un poco largo y la orquesta de Callowey no entra hasta el minuto cuatro seguro que lo van a disfrutar porque tiene una entrada de piano digna de la mejor y más variada de las músicas.




3) Bueno, pero volvamos de las salas de baile a los pequeños locales de música, los bares, o los garitos pequeños donde el músico, bien el profesional o también el amateur entra en contacto directo con el reducido público que ha caído por allí a tomarse una cerveza.  Hay tantos repartidos por el mundo que es imposible hacer una lista sin olvidar alguno muy querido, pero si me pidieran que mencionara uno solo, casi seguro que me saldría el Café Central de la plaza Santa Ana de Madrid.

Lo del bar y la música en vivo era el sueño de mi profesor de Jazz, Renato Valeruz: poder abrir un bar donde no hubiera música ambiente sino siempre música en vivo, desde la más elemental a la más sofisticada, dependiendo la suerte.

Tratando de recordar la experiencia musical más intensa o sorprendente que he tenido en un bar les voy a llevar a un pub inglés el Royal Oak Inn, el único pub de Luxborough, una pequeña aldea de Somerset, al sur de la ría de Bristol. Desde muchos hace años paso las vacaciones de verano con mi familia intercambiando la casa, lo que posibilita un encuentro más íntimo con los lugares que visitas. En el año 1996 caímos así en una pequeña aldea cercana a Minnehead que tenía un pub muy antiguo donde daban una comida elemental y una cerveza estupenda.



Pero lo mejor de ese pub era que los sábados por la noche la gente de los alrededores se congregaba para cantarse canciones unos a otros. Uno traía un banjo y cantaba una canción alegre; otra pareja tocaba una vieja melodía popular con un clarinete y un tamboril; y los músicos más preparados se acercaban al piano de pared a tocar algún tema desconocido o a acompañarse para cantar una canción de amor. Era un pupurrí de lo más tranquilo, amable y sencillo, como no he visto nunca en ningún otro lugar. Bueno, sí, una noche en un bar de Inverness viví algo parecido. Y supongo que muchos oyentes habrán tenido alguna experiencia similar.

¿Qué pieza desearía escuchar yo en un pequeño lugar como un bar de pueblo?

Jugando con el tiempo y con los géneros se me ocurre que nada más apropiado para una velada en un bar que una canción de un músico favorito. Todos los grandes músicos han compuesto bellísimas melodías para una voz y un piano de acompañamiento. Uno de mis discos preferidos es el de Lieders de Brahms cantados por Jessie Norman con Baremboin al piano (Deuschte Gramophone). Les pongo el primer corte, el impresionante Liebestrau (Amor fiel) sobre un poema de Reinick que pueden leer traducido en la web el blogdemaac:





El podcast de la versión de radio en directo puede escucharse en este enlace.

domingo, abril 08, 2018

OPERA Y ARQUITECTURA




A nada que pongamos ese par de palabras en google sale una tercera, SIDNEY, es decir, el primer gran edificio de la arquitectura contemporánea dedicado a la Opera. Un edificio con una imagen tan popular, que muestra hasta qué punto la Arquitectura es capaz incluso dejar en un segundo plano la tradicional grandiosidad artística de la Opera.

Pero si les traigo a colación el edificio de la Opera de Sidney no es precisamente para alabarlo sino para ponerlo como referencia del comienzo de ese ciclo ciertamente trágico que estamos viviendo desde entonces, en que la arquitectura deja de ser una disciplina integradora de las artes decorativas, deja de ser un grandioso pero modesto ejercicio de urbanidad, para convertirse en eso que se viene llamando LA ARQUITECTURA ESPECTÁCULO.

Estrictamente contemporáneo del  Auditorio de Berlín del que hablábamos en el programa anterior, la construcción de la Opera de Sidney tiene una historia rocambolesca en la que se pasó de un presupuesto de 3 millones de dólares a un coste final de más de 100 millones de dólares de la época, con lo que el autor, el danés Jorn Utzon, fue justamenteexpulsado de la dirección de la obra. Los avatares del concurso, de la obra y la expulsión del arquitecto darían para todo un libreto de Opera o de Opereta.

A la vista de esta historia y de alguna más que les podría contar, como la desgracia de los dos arquitectos de la Opera de Viena, o la sorpresa del jurado del Concurso del Euskalduna de Bilbao, he llegado a pensar estos días si mi aversión a la ARQUITECTURA ESPECTÁCULO no irá de algún modo unida a mi escaso interés por la Opera, atreviéndome  a definir la OPERA, en el mismo sentido negativo, como la MÚSICA ESPECTÁCULO.  Música rebajada a querer dar  espectáculo.

Pero para no ser tan negativo, al menos en el inicio del programa, les cuento que siendo adolescente cayó en mis manos un disco con varias oberturas de Wagner y por supuesto, sentí con ellas parecidas emociones a las que había experimentado con la música sinfónica. Pongamos cuando menos unos compases de la Obertura de Tanhausser para dejar de lado tanta negatividad como veo yo en la Opera.

Mi viejo vinilo es de una versión de la Deutsche Grammophon de la Orquesta Lamoureux dirigida por Igor Markevitch.

Pero si se acepta un youtube valga este:

 

A ver si me explico mejor. Después de escuchar esta magnífica música sinfónica que raya en lo sublime, yo siempre me pregunto cómo es posible rebajarla para contar de un modo histriónico, cursi, y pesado una vieja leyenda o un cuento infantil trasnochado. Siento mucho decir para todos los aficionados que  cada vez que he probado a ver una ópera he sentido un cierto rechazo hacia tanto derroche de medios para tan fatuo resultado. Hasta podría decir que he sentido vergüenza ajena de ver a tanta gente adulta empleada en algo tan infantil como las hadas, las walkirias o barbazul. Un poco como me pasa cuando veo fútbol:  un montón de señores hechos y derechos poniendo toda su furia y pasión ante un juecito de entretenimiento con una pelota. Por dios, cómo es posible gastar tanto esfuerzo y tantos dineros en levantar  magníficos edificios para ese tipo de espectáculos. Cómo es posible que todos los grandes músicos se hayan pirrado por hacer Opera… Ya lo siento, de verdad, pero yo no lo entiendo.

Ahora bien, por volver a ser positivo les diré que viendo tanta astracanada en la Opera alemana, y ya no digamos en la italiana, lo que no me parece lógico es que se haya vituperado tanto a nuestra “Opera Nacional”, la pequeña Opera Española, es decir, a la Zarzuela. Pues  en el fondo son lo mismo, cuentos con música. Aunque nunca iría a ver una Zarzuela, porque seguro que me pasaría todo el rato sintiendo vergüenza ajena, yo le tengo un cierto cariño a la Zarzuela, o cierto respeto, porque así como digo que siempre me ha parecido que los grandes compositores se rebajan a sí mismos y rebajan la grandeza de la música sinfónica cuando hacen Opera, los aficionados, por la otra parte, podrían usar la Opera o también la Zarzuela como medio de acercamiento al mundo de la música. Rindo así un emotivo recuerdo a mi madre, que fue la persona que me hizo amar desde niño la gran música, y cuya formación musical empezó justamente yendo de la manita de su padre al Teatro de la Zarzuela de Madrid estrenando zapatos, como me contaba ella.  El teatro de la Zarzuela de Madrid es un edificio escondido y bastante olvidado, y aunque arquitectónicamente no sea gran cosa, es lógico que sienta mucho cariño por él.

     

             
Por poner un aria de ejemplo se me ocurre la pieza Caminar de la Zarzuela Las Golondrinas de Usandizaga que solía cantar mi madre. Y como he encontrado en youtube una grabación de la época, así se la pongo.

 

He tenido el empeño y la suerte de ver alguna opera en el Liceo de Barcelona, en el Metropolitan de Nueva York e incluso en el Bolshoi de Moscú, y también he visitado la Opera de Viena, la Escala de Milán, el Fetspielhaus de Wagner en Bayreuth y hasta el Teatro di San Carlo en Nápoles, pero en ninguno de ellos he sentido especial emoción ni por la música ni por la arquitectura. Sólo hay quizás un edificio dedicado a la Opera que siempre me ha impresionado muy favorablemente y es el que construyó Tony Garnier en París. Seguramente fue porque lo visité cuando me caí del caballo de la modernidad y empecé a descubrir los verdaderos valores urbanos de la arquitectura del siglo XIX. Y es que aunque todo su aparato decorativo nos pueda parecer más o menos frívolo o decadente, lo cierto es que está sujeto a una planta y una sección excepcionales. Si tienen la curiosidad de buscar en internet la planta y la sección de la Opera de París, háganlo porque se quedarán pasmados.



No creo que haya una Opera musical que esté a la altura de ese edificio tan serio y tan urbano. No puede haberla. Porque mientras Opera es música al servicio del espectáculo, música convertida en espectáculo,  el edificio de la Opera de París, sin embargo, es uno de los mejores ejemplos de aquella arquitectura del siglo XIX, que antes que hacer espectáculo de sí misma, lo que pretendía era integrar las artes decorativas y engrandecer la ciudad.

Y ya puestos en París, pues qué menos que ponerles un fragmento de la obertura de Carmen, opera que descubrí siendo casi un niño porque una vez que vino de veraneo a nuestra casa del pueblo una tía que se llamaba Carmen, mi hermana mayor, Pilar, que entonces me aventajaba en descubrimientos musicales, tuvo la genialidad de recibirla poniendo en el viejo tocadiscos que teníamos, justo en la puerta de casa, la célebre Obertura de Bizet.



La versión radiofónica creo que quedó mejor que el guión escrito. Como yo no los escucho, ya me diréis si es verdad: enlace aquí

sábado, marzo 03, 2018

LOS PALACIOS DE LA MÚSICA




Habíamos visto con Haydn cómo, a finales del siglo XVIII, la música dejaba de hacerse para sonar en los palacios y se reivindicaba en su belleza y en su poder por encima de los poderes de la aristocracia. Con Haydn y Mozart no sólo cambia la música de eso que llaman “estilo”, pasando de barroca a clásica; y no sólo es que la sinfonía se vaya configurando como el edificio musical por excelencia, sino que justo en ese tiempo aparece Beethoven, el verdadero genio, el artista, el Brunelleschi de la música, erigiéndose por encima del resto de la humanidad como un dios, haciendo de las sinfonías auténticos “palacios de la música”.  Con su gran fachada (primer movimiento) sus antesalas y pasajes (andantes y scherzos) y su gran salón interior o final (el cuarto y definitivo movimiento).

Es cierto que cada cual tiene una iniciación distinta a la música pero seguramente, la manera más frecuente de acercarse a la gran música sea escuchando sinfonías. Yo me inicié así, con la 40 de Mozart, con la 104 de Haydn (la Londres),  la Tercera de Beethoven,  la Tercera de Brahms la cuarta de Mendelsohn, la incompleta de Schubert  etc. etc.  Siempre escuchándolas en aquellos vinilos que era fácil encontrar por casa. Lo de ir a los Auditoriums o Palacios de la Música para escuchar en directo toda esta gran música fue cosa posterior.

Era yo estudiante de arquitectura en Barcelona en el año 1970 y con mi compañero Morgades nos hicimos cargo de la discoteca del Colegio Mayor. Nuestro trabajo era seleccionar y comprar discos para esa discoteca: la mitad del presupuesto para clásica, de la que teníamos menos referencias,  y la otra mitad para la música del momento (Pink Floyd, King Crimson, Led Zeppelin, Deep Purple,  Frank Zappa o Leonard Cohen). Nos enteramos entonces de que en el Palau de la Música, el famoso edificio modernista de Domenech y Muntaner (1908), la orquesta de la ciudad dirigida por Antoni Ros Marba (el que le hacía los arreglos a Serrat) daba conciertos los domingos por la mañana a precios realmente populares y empezamos a ir asiduamente. El Palau de la Música de Barcelona, tristemente famoso recientemente por haberse convertido en cueva de recaudación del impuesto a los contratos y obras públicas para la financiación del nacionalismo, fue mi primer palacio de la música. 
Y aún recuerdo la emoción con que pude escuchar allí en una de aquellas matinales, una sinfonía de Brahms, por aquellos años mi músico preferido, no solo por su romanticismo, sino quizás también porque  era el músico preferido de Borges, escritor al que le profesaba  similar devoción.


Mirando o pensando en la bellísima fachada del edificio de Domenech y Muntaner voy a invitarles a escuchar por lo menos algunas de las primeras frases del primer movimiento de la Cuarta Sinfonía de Brahms (1885) que tiene un arranque igual de arrebatador.  





2) Después de aquella iniciación en Barcelona donde el edificio y la música de Brahms siguen  unidos en mi recuerdo, mis experiencias arquitectónicas y musicales han ido por caminos distintos. Como observador de arquitectura he visitado muchos auditorios (el último como os contaba, el mes pasado en Oporto, la Casa de la Música de Rem Koolhaas) y siempre que he podido he buscado que fueran con algún concierto (en Oporto por ejemplo estaban ensayando la cuarta de Brückner  cuando lo visité), pero como eso no siempre ha sido posible y la experiencia arquitectónica no ha ido de la mano de la musical, el juego que les propongo es que lo hagan ustedes mismos: pensar en una sinfonía que conozcamos bien y en un auditorio que nos haya emocionado. O viceversa.

 Y como muestra les voy a llevar al edificio que Hans Scharoum construyó a comienzos de los sesenta en las desoladas ruinas de lo que fue la Alexander Platz, es decir, la Philharmonie de Berlín, edificio famoso por muchos conceptos, el más notable de ellos seguramente por lo de poner la música en el centro de la sala, y los palcos en cascada, justo lo opuesto al concepto de caja de la Musikverein de Viena o de la misma Casa de la Música de Oporto. Pero como antes hemos puesto una fachada y luego les pondré un no menos emocionante salón final, les cuento que la parte que más me impactó de la Philharmonie de Berlin fueron sus pasillos interiores, las rampas de acceso y los espacios fracturados y vanguardistas del foyer.  


Y para corresponder a ellos vamos a escuchar el tercer movimiento de la Segunda sinfonía de Mahler (1894), el scherzo, una pieza compleja y cargada de simbolismo que no es cosa de comentar aquí, aunque esa pérdida de fe con que proponía Mahler este pasaje de su Sinfonía quizás tenga que ver con los derroteros que empezaba a tomar la arquitectura con obras como el propio exterior de la Philharmonie de Berlín (1960).

minuto 32:18





3) Para acabar voy a juntar el Palacio de la Música que tienen más cerca ustedes, el Auditorio de Madrid (1990) con una obra sinfónica que no descubrí hasta hace muy poco y que fui a escuchar a una iglesia de Friburgo porque en el Coro Universitario que la interpretaba cantaba mi hija Teresa. Me refiero a la Segunda de Mendelsohn (1840) una sinfonía totalmente religiosa que se cuela de tapadillo en los templos de la música profana que son también  los templos de la burguesía dominante de la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX.  

En el capítulo sobre Mendelsohn del libro de Eugenio Trías, que les recomiendo leer, se hace una reivindicación de su alegría de vivir, de su facilidad de componer y de su conversión al cristianismo que me parece muy delicada y muy valiosa ahora que tanto se habla de las actitudes positivas. 

José María García Paredes no es, como casi ningún arquitecto moderno, santo de mi devoción (no hay más que ver sus auditorios de Granada o Valencia) pero el Auditorio de Madrid, cuando lo vi por primera vez, casi recién construido, a finales de los ochenta, me pareció cuando menos un edificio serio o bastante sobrio donde la arquitectura, con notable esfuerzo por parte del autor, trata de ponerse al servicio de la música en vez de hacer una exhibición de la propia arquitectura o aún peor, de proponerse como un canto al propio arquitecto, como en tantos otros auditorios modernos.



Como dice su hija Angeles García Paredes, también arquitecta,  es un edificio que sólo quiere ser la caja de resonancia de una orquesta sinfónica. Y por ello María Angeles decía que veía en su padre más a un luthier que a un arquitecto.  Eso me recordó un comentario de Jünger en alguna de sus memorias en que decía que él disfrutaba de las catedrales medievales como cajas de resonancia de la música de sus corales y sus órganos. Seguramente el Auditorio de Madrid tiene más de Templo de la Música que de Palacio, y el Coro final de la Segunda Sinfonía de Mendelsohn, la Lobgesang, que les propongo escuchar, más de Oratorio que de Sinfonía. 

minuto 56:07





La versión en directo en Radio Nacional de España quedó bastante más chunga. No la he querido ni oír pero la tienen en este enlace. Los periodistas tenían prisa y me pidieron que abreviara. Y tanto abrevié que luego les sobró tiempo y no sólo pusieron íntegro el coro final del Lobgesan sino que pusieron también el dueto previo (!). 

domingo, febrero 04, 2018

LA MÚSICA EN PALACIO



 A diferencia del planteamiento de los programas anteriores que estaban en la línea de la música que conmueve, que te sorprende o  te arrebata, o que en su expresión más sublime se pone al servicio de la adoración al Altísimo, al pensar en la relación entre las músicas y los palacios me vienen a la mente como dos sombras que me han empañado siempre el mundo de la música culta.

La primera es la de la sospecha de su cercanía o de sus connivencias con el poder.  No sé cómo lo sentís vosotros, pero cuando yo veo la música como adorno de los poderosos en esos conciertos u operas a los que ha ido siempre la crema y nata de la sociedad, o cuando tienes noticia de la veneración a la música de los nazis, o de los grandes zares, o de la gente rica de todos los tiempos, te entra como un escalofrío o una inquietante sospecha respecto a la propia música que les adorna.

La segunda sombra es la que tiene que ver con esa división que la Estética o la gran Cultura creó  entre “artes mayores” y “artes menores”  menospreciando el papel de la “decoración”. Y es que cuando la música se pone al servicio de un rey o de una corte, es lógico que no pase de mero artificio decorativo y el músico sea no más que un criado.  

No sé si recordáis o conocéis el famoso insulto que le propinó John Lennon a Paul McCartney en una de las canciones de su primer disco en solitario (el famoso Imagine) cuando en uno de los versos de una del tema titulado How do you sleep?  le suelta que “your sound is muzak in my ears”. Yo lo recuerdo de justo cuando salió el disco en 1971 porque me impresionó muchísimo. Descubrí entonces el concepto de la “muzak” es decir, de la música light o música decorativa, luego música “ambiente” hecha no para ensalzar el espíritu sino más bien para adormecerlo embelleciendo levemente  un lugar o una ocasión.

Pues bien, cuando quise acercarme a la música de Lully, de Marin Marais, de Couperin o de Rameau, es decir, de todos los grandes músicos de Versalles, me era imposible escucharla sin pensar en la vida dentro del gran palacio francés. Para adentrarse en esa música yo me compré un caja de 20 CDs editada con el título de 200 años de música en Versalles que tiene un poco de todo.

Escuchamos por ejemplo un fragmento de un Concierto de Lully hijo para la cena del Rey y mientras suena… pues…, lo normal, ….. miramos de reojo a las damas que se sientan a la mesa, a los suculentos guisados, a la espléndida cubertería, al gesto que tiene hoy el Rey, a la nueva vajilla que decora la mesa… etc. etc;  vaya, que prestamos atención a todo eso menos a la música.

CD5 nº19



La segunda pieza que he seleccionado para este programa fue compuesta en España por un italiano y la descubrí en un barco inglés que perseguía a un bucanero francés. Toda una muestra de europeísmo de la época: todos persiguiéndose a matar pero unidos por la música (!). La tocaban al violín y al cello, el capitán y el médico del barco. Con estos pocos datos ya sabrán a qué me refiero: a ese mágico momento de la película Master and Comander en que los dos protagonistas interpretan La Música Nocturna della Strada di Madrid. 

De las facilidades que nos ha dado internet para tirar del hilo y relacionar unas cosas con otras di prueba en el post 167 de mi blog SPYP en que me referí a esta pieza. Yo he estado un par de veces en Arenas de San Pedro, pero en ninguna de ellas me acerqué al Palacio que construyó allí Ventura Rodríguez para Luis Antonio de Borbón, hermano de Carlos III, quien según dice la wiki protegió a Luigi Bocherini. Es un edificio bastante feote dentro de una austeridad muy castellana, pero lo importante es pensar que ahí compuso o tocó Bocherini esta música para la corte del hermano del rey y eso es lo importante.  


Para ilustrar el asunto que tratamos hoy, también es muy importante, o cuando menos ejemplar, elegir la versión. La más escuchada en internet, casi dos millones de reproducciones, es sin duda la de Jordi Savall. Pero cualquier persona medianamente noble (entendiendo la inteligencia como el rasgo más actual de la nobleza) cualquier persona noble, digo, que haya escuchado las melonadas o lugares comunes que este músico ha dicho últimamente en la televisión francesa sobre la procedencia del independentismo catalán, supongo que ya lo habrá echado de su palacio. Para mí este mentecato violagambista no toca más en el mío, y menos la Música dedicada por Bocherini a Madrid. Jordi Savall es la perfecta muestra de que aún en el siglo XXI  los músicos pueden ser poco más que un criado y que su opinión en una materia tan seria e importante como la política está al nivel de un paria. Así que una vez que se ha destapado y quiere opinar como una persona importante, a la calle con él por muy virtuoso que sea con la viola de gamba.


Pongamos mejor el soundtrack de la peli que, va por millón y medio de visitas en internet, o sea, que casi le coge


Acabamos esta pequeña selección musical  en el Imperio Austro Húngaro, cuando la música quiere dejar de ser ornamento del palacio para construirse palacios para sí misma.


Cuando uno compara el salto que se da desde un Haydn vestido con librea en el palacio de los Esterhazy,  a la casa que se construyó para sí mismo en Viena en los últimos años de su vida nos damos perfecta cuenta de que esto que acabo de decir. Viene a representar el salto entre cualquiera de sus piezas de palacio y las sinfonías de Londres que le catapultaron a la condición de notable o noble de la música.



¿Cuál de las dos músicas prefieren? Casi  todo el mundo hemos conocido a Haydn por su aportación a las Sinfonías, verdaderos “palacios de la música”. Pero como hoy estamos hurgando en esa condición subalterna de la música respecto al poder que exhiben los palacios, mejor escuchar algo más sencillo. Algo que Haydn tocaría en la antecámara de alguna alcoba del palacio de los Esterhazy para ambientar la holgada vida de sus señoritos. Por ejemplo, una pieza primeriza como el cuarteto nº 2 del Opus 1.



Aquí el enlace al audio de la emisión en el programa Longitud de Onda de Radio Clásica de Radio Nacional de España.

jueves, enero 04, 2018

MUSICA Y TEMPLO



Cuarta colaboración con el programa Longitud de Onda de Radio Clásica de Radio Nacional de España. Guión previo.


En mi anterior aparición con este programa habíamos acabado afirmando que la cabaña era poco más o menos el templo que podíamos construirnos cada cual para aspirar a tener una vida espiritual en compañía de la música. Pero justamente ese aislamiento es el que pone en tela de juicio la propia búsqueda espiritual, la propia salvación que buscamos en el espíritu. Porque siendo cada uno de nosotros tan poca cosa, enseguida nos damos cuenta de que la única salvación posible, la única salvación con alguna garantía, es la salvación colectiva. La salvación espiritual colectiva. Y eso y no otra cosa es nuestro templo, o mejor dicho, nuestro templo ideal, la catedral gótica cristiana, porque ese y no otro es el templo al Espíritu construido  por toda la colectividad.

Pensando en términos musicales, podríamos  decir en justa correspondencia que la polifonía es ese tipo de música conformada colectivamente, con varias voces que se entremezclan como los artífices de una catedral.




NUPER ROSARUM FLORES,  Guilleaume Dufay

A Dufay le tengo un gran aprecio, porque buscando piezas fáciles para tocar en cuarteto con mi mujer y mis dos hijas, cayó en mis manos un cancionero de música del renacimiento y de ese modo descubrí la existencia y la música de compositores del siglo XV como Dufay, Jacob Obrecht,  John Dunstable o Josquin des Pres.

Unos pocos años después fui de viaje de estudios con mis alumnos a Florencia y preparando material para enseñarles la catedral de Santa María di Fiore me llevé una gratísima sorpresa: que fue el propio Dufay el que compuso en 1436 el motete para la finalización de sus obras, es decir, para la inauguración de la cúpula de Brunelleschi.

Acerca de este singular momento cabe una larga y profunda reflexión sobre la que he dejado por ahí algunos apuntes en mis blogs y en mis libros y hasta en una entrevista que me hicieron en el Jot Down: y es que con la finalización de la construcción de una catedral, Santa María de las Flores, bajo la batuta de un solo hombre, de  un artista genial, se da carpetazo a la historia de la construcción de catedrales como templos de construcción y salvación colectiva, y a partir de entonces el Hombre, el Artista, va a sustituir en protagonismo al Espíritu Colectivo.

Lo que dicho en términos musicales podía entenderse como el anuncio del final de la polifonía.

Con la elevación del Hombre a Artista o Creador, se inicia la larga agonía o muerte de Dios, un proceso de tres o cuatro siglos en el que el Cisma Protestante Centro Europeo y Británico tiene un papel central después del Humanismo Italiano y antes de la Ilustración francesa. Los oratorios musicales protestantes tuvieron un papel vertebral en el desarrollo de sus diversas ramas religiosas, a excepción, claro está, del siniestro calvinismo, donde la música fue inicialmente proscrita. Así que a la Catedral de Ginebra no iremos, no, ja ja ja.

Thomaskirsche de Leipzig

Nikolaskirsche de Leipzig

Para ilustrar ese papel que la música representa en el mundo luterano lo que voy a hacer es llevarles a Leipzig,  donde estuve con mis hijas y mi mujer en el verano del 2006 para entrar con devoción en la Thomaskirsche, el templo donde Bach era maestro de capilla (y donde  está enterrado como si fuera un obispo… ah ah, qué decepción), y a continuación ir a la cercana Nicholaskirsche de Leipzig donde se estrenó la Pasión según San Juan, para escuchar allí el Aria de este gran Oratorio en la que con las tres estremecedoras palabras EST IST OLBRACH (todo está consumado) parece anunciarse al mundo por segunda vez la muerte de Dios.



Después de escuchar piezas como esta uno se queda sin palabras y sin nada que decir. Pero en su propia construcción como religión o como Gran Relato, que decía Eugenio Trías, el cristianismo aúna  la muerte con la resurrección de Dios. La muerte como hecho cruel, real e incontestable. Y la resurrección como ilusión, metáfora o esperanza de vida y salvación de la muerte.

Nosotros seguimos  viviendo después de estas tres muertes de Dios e incluso del certificado de defunción rubricado por Nieztsche en el siglo XIX, pero durante todo este tiempo hemos seguido construyendo templos y componiendo músicas religiosas aunque ya nunca con el rango o carácter de la catedral gótica y de sus polifonías.

Y uno de esos pequeños templos musicales que hemos construido los hombres durante estos tres o cuatro siglos de la muerte a plazos de Dios es el órgano de iglesia, un instrumento musical que es como una catedral en miniatura y que, lógicamente es tocado por un solo hombre (un artista).

Cuando era estudiante de arquitectura en Barcelona solía ir a los conciertos de órgano que daban en la Catedral a pensar si no me había equivocado de carrera y estaría arruinando mi vida con esto de la arquitectura, porque lo que de verdad me hubiera gustado entonces era ser es ese tipo que se sentaba al teclado del órgano e inundaba de música toda la catedral.

Como os podéis imaginar, cada vez que entro a un templo siempre me detengo a admirar esas pequeñas pero magníficas catedrales de música que son los órganos. Y como me pilla cerca uno de ellos y lo tienen todos a mano abriendo el post que le dediqué a la iglesia de Briones en el blog edificios LHD, he pensado  poner allí un poco de música de órgano de un autor bastante más mundano que Bach y con un tema que por ser tan compartido por todo el mundo hasta  pudiera parecer vulgar. Es un tema que evoca la alegría, alegría seguramente ficticia, pero alegría al fin y al cabo: la alegría de la resurrección, la alegría de la ilusión de la vida tras saber que la verdad más incontestable y el más cierto de nuestros destinos es la muerte.  





Lo que quedó en la radio de este guión hablando en directo pueden oírlo clicando en este enlace.