martes, noviembre 28, 2006

92. CALLE SAN JUAN. Logroño



Ayer cerró Félix de Azúa el blog que desde hace justo un año venía haciendo en el boomeran de PRISA. Antes de que se pusiera a ello, yo tenía una idea bastante vaga de lo que podía ser un blog así que ha sido siguiendo día a día el de Félix como me he hecho una idea del fenómeno. Más o menos un blog consiste en que uno escribe un articulillo diario, lo cuelga en la red y el sistema ofrece a los lectores la posibilidad de hacer comentarios. Al poco de empezar ya me di cuenta de que el invento era un sinsentido pues los comentaristas eran por lo general gentes sin nombre ni lugar que apenas desarrollaban los materiales que Azúa ofrecía en cada entrega. También desde los primeros días y en lógica respuesta a ese guirigay de comentarios anónimos, Félix tomó por norma no hacer la más mínima alusión a los escritos de los lectores. Al principio, los comentaristas se ofendían por ello, pero pronto se acostumbraron y dejaron de exigir que les respondiera. Azúa siguió a su bola, y los anónimos escribientes que aparecían en su blog se dedicaron a ejercicios de lucimiento y a hacer que se relacionaban entre sí. El invento de poner a unos y a otros en fácil comunicación parecía no servir de mucho. Era un placer tener cada día un texto de Félix, pero era muy triste ver lo poco que daba de sí.

No es de extrañar que mis amigos de la calle San Juan se riesen de mí cada vez que les mencionaba la existencia de los blogs. Su forma de vivir y relacionarse está tan ligada a la presencia física que ni siquiera les puedo enviar mis artículos por internet. Si quieres darnos un artículo para la Piedra del Rayo -me dicen-, vienes por aquí, nos lo das, y aprovechamos para tomarnos un par de vinos. Ni siquiera les puedo avisar por móvil, pues no gastan de esos chismes.

Poco antes de cerrar el blog, Félix escribió un memorable artículo sobre los teléfonos móviles. Desvelaba en él que el proyecto de la modernidad incluía el doble asesinato del tiempo y del espacio. Dada la brevedad del artículo se entretuvo en contar la agonía del tiempo (eso que ya nadie tiene, excepto mis amigos de la calle San Juan) pero apenas entró en los estertores del espacio, que eran más de mi interés. Cuando lo acabé de leer pensé que el blog en que exponía tan acertada teoría participaba en un asesinato mayor, esto es, el de esos comentaristas que hacían hábito de la negación de sus nombres. Salí en el mismo blog varias veces para advertírselo pero no me hicieron ni caso. Era como hablar a los muertos.

Pero el caso es que el miércoles pasado, Iñigo, uno de los amigos de la calle San Juan nos dio un buen susto. Su mujer nos llamó a mediodía preguntándonos por él pues no había ido a recoger a las niñas al colegio tal y como le había prometido. Fue pasando la tarde, cayó la noche, y seguíamos sin saber nada de su paradero. A las siete y media nos movilizamos todos para salir a buscarle. Carlos pensó que podría haber ido al monte a fotografiar alguna de las neveras de piedra sobre las que estaba haciendo un artículo y que podría haberse caído en alguna de ellas. Llamó a todos los pueblos donde hay neveras y pudieran localizar su coche, me llamó a mí para ver si le podía llevar en el mío (Carlos no tiene ni coche ni carnet); cogimos linternas y mi cuerda de escalar y nos pusimos en marcha.

También cogí mi móvil, claro, porque Carlos tampoco tiene. Fuimos a la nevera de Leza y allí no estaba (no olvidaré lo bien que se portó un hombre del pueblo en acompañarnos de noche hasta ella). Mi teléfono no paraba de sonar con llamadas de la mujer del desaparecido y de otros amigos que se habían puesto en su búsqueda. Seguíamos sin rastro. Pasadas ya las nueve de la noche fuimos a Nalda, donde un chico del pueblo se ofreció a llevarnos en su todoterreno hacia el monte donde están las neveras, pero según subíamos llegó la llamada feliz: habían encontrado el coche de nuestro amigo en un camino de Ojacastro. Le agradecimos su generosidad al tipo del todo terreno y cuando ya bajábamos de Nalda nos volvieron a llamar para decir que habían encontrado a nuestro amigo sano y salvo en el fondo de la nevera. Al parecer se había descolgado en ella para hacer unas fotos y ya no pudo salir de allí. Su única esperanza es que nos moviéramos y le encontrásemos pues por aquel paraje no pasó nadie en todo el día y, obviamente, él no usa móvil.

Los inventos que nos comunican –los coches, los móviles, internet-, son aparatos muy útiles. Si nuestro amigo hubiera llevado un móvil en el bolsillo, no nos hubiera dado ese susto. Pero al margen de su utilidad, también asesinan al tiempo, al espacio y a los hombres. Yo enredo mucho, quizás demasiado, con esos chismes, y sé que corro muchos riesgos con ellos, más incluso que Iñigo andando solo por esos montes de dios. Pero, por suerte, también tengo a los amigos de la calle San Juan para rescatarme.