viernes, noviembre 30, 2007

ETIQUETAS

Esta semana he estado descubriendo el sistema de “etiquetas” que ofrece este blog. El caso es que quería haber escrito para hoy un articulillo sobre los “Gabinetes”, uno de los patrones que más me gustan de Alexander, y me puse a buscar en los índices del blog no sea que ya lo hubiera escrito. Y como tardaba, y me perdía por los entresijos del blog, pensé que ya era hora de poner un poco de orden en todo este material. Así es como me puse a investigar la herramienta “etiquetas” y a ponérselas (de un modo también poco ordenado) a algunos de los artículos que iba encontrando al paso.

Como es normal, me hice un lío. Eso de ordenar datos creo que ahora se estudia como “carrera”. De hecho, en este último año he conocido a un par de “documentalistas”, una profesión que yo desconocía, y cuando les he preguntado en qué consistía su trabajo, me han explicado que en algo parecido a esto que me he puesto a hacer yo esta semana de poner etiquetas para luego encontrar lo que buscas.

Como no podía ser de otro modo este tipo de labor me ha traído no pocas nostalgias. Desde la mesa donde escribo veo encima de un estante tres ficheros metálicos grises que guardan en su interior cientos de fichas escritas a mano con notas de mis primeras lecturas. O no, de mis primeras lecturas no, de las segundas. De las primeras nunca hice fichas porque tenía la memoria fresca y me acordaba de todo lo leía. Tengo cuadernos de reseñas y comentarios de mis primeros libros y revistas de arquitectura, pero no fichas. Lo de las fichas empezó cuando ya trabajaba como arquitecto y las lecturas eran algo así como pequeños hurtos al tiempo de producción. Al leer a salto de mata y con otras cosas más importantes en mi cabeza temía que lo leído se me olvidara y pensé que lo mejor sería ir haciendo fichas para poder localizar fácilmente sus contenidos cuando me volvieran a interesar.

Cuando ya tenía los ficheros pequeños a rebosar y mi sistema documental se había ampliado con dos grandes archivadores de carpetas para guardar en ellos los artículos y recortes de periódicos, descubrí que los “ordenadores”, además de servir como máquinas de escribir, de dibujar y de calcular estructuras, también tenían programas para organizar la información. Se llamaban “Bases de Datos” y yo, emocionado con el descubrimiento, me puse a estudiar y trabajar en el que tenía en mi viejo y pequeño Mac. Ya ni me acuerdo de cómo se llamaba aquel programa ni las fichas que empecé a meter en él. No creo que ningún arqueólogo de la informática (andá, acabo de inventar otra profesión/ otra carrera) dé nunca con esas fichas, porque cuando ya no me quede sitio en el despacho, el viejo Mac se irá al contenedor con todas ellas. Aaaahhhhh.

En enero de 1997 (hace sólo once añitos de nada) publiqué en El hALL n25 un curioso articulo titulado “Los libros no tienen prisa” en el que intentando poner orden en la Biblioteca del Colegio de Arquitectos para dejársela a mi sucesor, llegué a proponer a los colegiados el hacer algo así como un fichero colectivo de lecturas y hasta diseñé una ficha con 7 “campos” publicando la propia ficha como ilustración del artículo. Qué hermosura de esfuerzo. Qué ingenuidad. Qué perenne juventud la mía.

Pero vamos con las etiquetas que el folio se me acaba. Llegando al dos mil me puse a recopilar los artículos que había escrito hasta entonces y tuve que agruparlos por capítulos. Para “Una Voz en un Lugar” me salieron nueve capítulos y para “El retablo de Ambasaguas”, once. Bien pensado, esos capítulos no eran sino “etiquetas” con las que poner un poco de orden en el material.

Con los buscadores inventados por Google, (¡madre mía! ¡qué locura de avance!) las bases de datos se han quedado más obsoletas que mis fichas de papel y si por ejemplo, pones en el buscador de google “El caso Quintín”, en un segundo te sale que hay dos artículos que escribió un tal Juan Diez del Corral en el LHD, uno en abril y otro en septiembre del 2007. Alucinante. Y sin pinchas en el link los tienes listos en la pantalla sin necesidad de ningún recadero.

Bueno, para acabar. Lo de las etiquetas no sé si servirá para algo pero de momento se me han ocurrido 13 distintas y se los he aplicado a 86 artículos. Todavía no sé cómo ponerlas en la solapa para que os sirvan de guía o nuevo índice, pero todo se andará. Lo que sí puedo decir es hay una que se llama "patrones" y que gracias a ella he descubierto que sólo he escrito sobre cuatro de ellos y que el de Gabinetes está virgen. Así que ya tengo tema para el siguiente post.

Ah, también tengo otra etiqueta que se llama “blog”. La aplicaré cuando, como hoy, haga reflexiones sobre la propia escritura en este medio.

(Y hablando de blogs, ayer también hice otra pequeña "obra" en CASCOTES, el blog hermano de éste, al que se accede pinchando debajo de los índices de la derecha: le puse un contador de visitas. Por él me he enterado de que entra menos gente a CASCOTES que al LHD, lo que quiere decir que aún hay gente que no lo conoce y que tengo que hacer un poco de publicidad de él. pues eso: LEA CASCOTES, Y RIASE VD. DEL INVIERNO ARQUITECTONICO)

martes, noviembre 27, 2007

GRAVES, PHILADELPHIA



Estados Unidos está lleno de “chesnut hills” (colinas de castaños) pero la que nosotros buscábamos al norte de Philadelphia es muy renombrada porque en ella está aquella casa primeriza que Robert Venturi hizo para su madre y que había dado la vuelta al mundo miles de veces con su libro.

El desayuno en Germantown (¿cuántos germantowns no habrá también en américa?), un pequeño pueblo convertido en centro de suburbio poco antes de llegar a la chesnut hill que buscábamos, nos había levantado el ánimo, pero quien de verdad nos lo elevó fue el actual dueño de la casa Venturi que nos recibió como si fuéramos unos invitados de honor. Los Colegios de Arquitectos deberían hacer homenajes o socios honoríficos a estos personajes que a pesar de las molestias que les causamos con nuestra curiosidad, aún se alegran de compartir con el visitante el privilegio de habitar un lugar tan señalado. Esa gente te da ejemplo y te ensancha el corazón.



Estuvimos un rato charlando con él en el famoso salón de la chimenea-escalera, nos hizo firmar en su libro de visitas y nos despidió tan feliz dándonos indicaciones para encontrar una casa de Louis Kahn a cuatro pasos de allí. Yo no soy nada aficionado a este arquitecto (el día anterior habíamos estado en el centro de Philadelphia viendo los laboratorios Richard y ya me había decepcionado lo suficiente) pero aunque solo fuera por aceptar la invitación o por satisfacer la curiosidad, seguimos su consejo.

Todo salió bien: el paraje y la vegetación eran espléndidos, encontramos la casa y no tuve que cambiar mis desafectos (tengo fotos mucho más duras pero como no quiero estropear la mañana, pongo ésta y dejo las otras para algún “cascote”).


Sin embargo, lo mejor de aquel pequeño tour arquitectónico aún estaba por venir. En la preparación de mi viaje a Philadelphia yo tenía marcadas algunas de las estaciones de ferrocarril que Frank Furness había construido en las líneas norte de la ciudad y por allí cerca había una que respondía a la parada de Graves (vaya, otro nombre de arquitecto).



Por estar asociadas a la niñez, las estaciones de tren son para mí lugares mágicos: ya sea en Estambul o en Buenos Aires, en Orduña o en Alcanadre, en la visita a un pueblo o ciudad por donde pasa el ferrocarril nunca dejo de visitar esos lugares tan emotivos donde la evocación de los sueños y lágrimas de encuentros y despedidas me ponen siempre la carne de gallina. Una estación de tren es un lugar donde hacer arquitectura se convierte en una cuestión de mucha responsabilidad, y donde fracasar es un delito.

Bueno, la estación de Furness en Graves no es que acompañe o envuelva con dignidad a las emociones de los viajes sino que ella misma desata nuestras emociones. Qué lugar tan bonito, tan alegre y tan evocador. Qué cantidad de sueños y rincones de nuestra memoria parece contener. Porches, desniveles, escalinatas, arquitectura doméstica del guarda y arquitectura fantástica del viajero, todo mezclado y revuelto en un pequeño edificio como si se tratara del anticipo de las disneylandias de cien años después.

Oh, sí, seguramente han sido esas escenografías infantiles las que han denostado esta arquitectura tan extravagante que por no encontrar nombre para designarla los historiadores acabaron por llamarla “furnessca”; una arquitectura que en otros lugares de la ciudad como la Academia de Fines Arts o la Biblioteca de la Universidad pueden confundirnos con su profusión de detalles extraños, pero que en el lugar de paso de una estación de tren parece encontrar su sitio más genuino. En la larga espera de un tren o en el corto y emotivo abrazo de una llegada, las evocaciones históricas y las invenciones formales de los collages arquitectónicos de Furness consiguen transformar un lugar pasajero en un lugar inolvidable.

(Para que luego tengamos que oír la cantinelas que escriben los “críticos” de que los aeropuertos llevan implícitos el ser los no-lugares de nuestras vidas… ¿No será que son los lugares más insignes de la no-arquitectura que va desdibujando lo poco que ya nos queda con vida?)


viernes, noviembre 23, 2007

FREDY MASSAD



De los cuatro o cinco suplementos culturales de los periódicos nacionales el único que puede sorprendernos con algún comentario mínimamente sensato sobre arquitectura es el cultural del ABC que sale los sábados. No lo leo siempre y el del pasado sábado se me pasó, así que debo la recuperación de este interesante artículo de Fredy Massad al editor de arquinews. Me ha alegrado mucho haberlo encontrado en este blog, habitualmente tan condescendiente y meapilas con la alabanza generalizada hacia todo lo que venga de arriba, porque eso quiere decir que el editor no los lee o no distingue entre lo uno y lo otro.

Sobre el asunto de la (De)generación digital ya había escrito Pablo Larrañeta (Corazón versus razón, abril 2004, elhAll 80) cuando él estaba bastante menos degenerado que ahora. Os dejo con Fredy Massad. Tiene la misma razón que Pablo y la misma repercusión en el escenario arquitectónico contemporáneo, es decir, ninguna, pero está más informado y escribe bastante mejor. Aunque eso de no apuntar más decididamente a los nombres concretos (se ve que queda más políticamente correcto decir FOA, BIG, y nombres de artistas lejanos que desconocemos) o eso de la “musculatura del pensamiento” del último párrafo, parece un tributo al insufrible “galianismo” que todo lo invade en esto de la “crítica”.



DE(GENERACION DIGITAL)

Irrumpe hoy una nueva segunda generación de arquitectos que, amparados por la rabiosa modernidad de sus obras, esconden su incultura arquitectónica tras la vertiginosa velocidad de la digitalización. Se tiende a comprender el tiempo de la sociedad de la información como el de la frivolización de las ideas. La pátina de lo tecnológico y la aceleración de los procesos de comunicación han promovido la equiparación de la generación de pensamiento a la de la producción de información. Así, se vive en una especie de permanente estado de reality show, en el que lo más importante son las estrategias para situarse en primera línea, aunque se carezca de valía que justifique el protagonismo. El fenómeno es pandémico, y, en el campo de la arquitectura, comprobamos cómo se transmiten sin pudor ideas que se aceptan sin discutir, cómo falsos gurús lanzan espectacularmente sus consignas y cómo desorientados ejércitos mediáticos difunden y magnifican esos postulados irreflexivamente.

Apuntaba Peter Sloterdijk en su Crítica de la razón cínica (Siruela, 2003) que, para poder entender las estructuras de la conciencia de la modernidad, se hace precisa una teoría del bluff, del show de la seducción y el engaño. Aun careciendo de esa potencial teoría, esos tres términos designan con total precisión la esencia de una actitud prepotente que se arroga a sí misma el atributo de estar construyendo las visiones de la arquitectura de la era de la tecnología digital.

Estrepitoso fracaso. La primera generación de arquitectos que asumió como propias las posibilidades de los procesos de creación digital fracasó estrepitosamente ante la imposibilidad de haber hecho de los modelos diseñados a través de sus ordenadores edificios que sintetizaran coherentemente los argumentos de sus discursos sobre la tecnología digital. Al margen de sus teorías conceptuales, subordinaron sus posibilidades creativas al poder de las máquinas de cálculo, sin asumir como principio que eran ellos quienes deberían controlar el desarrollo de esos diseños. Propuestas como la Terminal Portuaria de Yokohama (FOA) o la Iglesia Presbiteriana de Nueva York (Greg Lynn) probaron que complejos gráficos y una recargada dialéctica sobre diagramas de flujos o procesos culminaban en un mero formalismo. Estas propuestas fueron fagocitadas por la falta de cultura arquitectónica de sus autores y su mayor preocupación por usar las herramientas de difusión que estaban implícitas en la nueva sociedad, sin percibir que dejaban de lado la necesidad de una formación sólida que les permitiera materializar sus propuestas. La transición de esa primera generación que en contadas ocasiones pudo evitar el fracaso en sus propuestas se concreta hoy con la irrupción de una segunda generación integrada por individuos que crecieron más cercanos a la cultura de lo digital y la hiperinformación, que han hecho de sus herramientas fundamentos indispensables para el diseño, y cuyas primeras ideas arrancan de raíz la hipotética esperanza en que un mayor conocimiento de los medios digitales podría orientar sólidamente una evolución de la arquitectura a través de las herramientas digitales.

De la seducción al feísmo. Las imágenes seductoras que se produjeron en la segunda mitad de los años 90 han evolucionado hoy hacia una sobrecarga propositiva tendente al feísmo: ejemplos como la esperpéntica Vila Nurbs (Cloud 9), esteticismo creado con el pretexto de una aplicación integral de la tecnología; o Kloverkarreen (BIG), paradigma de soluciones facilistas, parecen haber comprado el paradigma gaudiano en el supermercado a precio barato; productos de la arrogancia de arquitectos más preocupados por demostrar que por pensar, que han ignorado las lecciones con las que podría formularse una nueva arquitectura al rehuir el conocimiento de la Historia, persuadidos de que la naturaleza de la cultura digital y la velocidad de los cambios abre la veda para su incultura arquitectónica.

Modelos vanidosos. Arquitectos que creen estar en posesión de una especie de superpoder -y se sienten autorizados para afrontar cualquier desafío- a los que interesa más la cantidad que la calidad de su trabajo. Su paradoja radica en creerse referentes capaces de proponer una arquitectura para su tiempo, cuando lo que en realidad han hecho es convertir en prioridad el ejercer de frívolos seductores, calcando los vanidosos modelos de los actores del star-system, cínico e ideológicamente inútil tras haberse anquilosado en sus propias estrategias de mercadotecnia. Toman y quieren adaptar la realidad sin comprenderla, diseñando modelos complejos facilitados por el avance de la tecnología, pero que adolecen de cualquier sentido del compromiso. Arquitectura de adolescentes idealizándose a sí mismos, que no perciben la distinción esencial entre qué es la experimentación, qué es reflexión y qué es la realidad. Estas manifestaciones son recibidas en los foros arquitectónicos con vanos elogios fascinados, pero también -y más preocupantemente- con un absoluto silencio crítico que las cuestione y exija explicaciones claras sobre sus fundamentos. Los medios simplemente parecen auspiciar el mensaje de que es ésta la forma que orienta la evolución de la arquitectura de hoy. Si la modernidad llamaba al constreñimiento, la era digital ha auspiciado la exacerbación formal; pero no porque se crea que ella conduce a alguna parte, sino porque la tecnología hace fácilmente posible su representación. Feísmo basado en la recreación de formas orgánicas, experimentaciones tintadas de ecologismo de salón que quieren reinventar las posibilidades reactivas de la materia, pretendidos virtuosismos formales…

El sistema decidirá. La laxitud ideológica fomenta la permanencia de este cómodo estado de ambigüedad de legitimación del capricho: «El sistema decidirá cuáles de nuestras ideas podrán sobrevivir o no». Refugiarse en la «inocencia crítica» para argumentar el desinterés por lo precedente y permitirse quebrar la línea de enlace con concepciones verdaderamente radicales para el avance de la arquitectura. Visionarios opinando sobre los «futuros» de la arquitectura y sobre los remotos lugares donde «verdaderamente» se está produciendo la arquitectura del siglo XXI. Escritos confusos con parafernalia retórica: neologismos importados del lenguaje digital que apenas sabemos con precisión qué significan cuando se aplican a los efectos del mundo material.

El tiempo todo lo limpia, y muchos de estos personajes se barrerán a sí mismos. En unos años, nadie recordará a estos arquitectos -como tantas veces ha sucedido-, pero no se recuperará el tiempo perdido ni se acallarán las voces conservadoras que desvalorizan la trascendencia de la tecnología digital como herramienta de pensamiento y creación arquitectónica. Estas especulaciones, que únicamente tienen uso como medios de promoción mediática de un nombre, deberían haber sido concebidas como elementos de experimentación útiles para desarrollar la musculatura del pensamiento contemporáneo, para reconocer y perfilar la esencia del tiempo que aguarda aún la concreción de su arquitectura, y que se produce verdaderamente, pero situada en el distante margen de los cauces arquitectónicos nutridos por el bluff, la seducción y el engaño.



martes, noviembre 20, 2007

OTRO CENTENARIO MÁS





¡Vaya por dios! El nuevo LHD ha llegado también al número 100. No era mi intención coincidir con el centenario de elhAll, pero uno escribe y el azar decide. Claro que…, no es mi primer centenario. El LHD llegó a los cien el 12 de diciembre del año pasado. Os pongo el enlace para repasar aquella efeméride: Y CIEN. Qué curioso, muchos de los artículos que prometía entonces no se han llegado a escribir…, ja, ja, ja, pero, a cambio, escribí 50 LHDs más y el 16 de marzo de este mismo año 2007 llegaba al 150 con lo que pensé que iba a retirarme… Pues bien, el 19 de marzo ya estaba escribiendo de nuevo, archivando los post en un índice llamado NUEVO LHD -más que nada por nostalgia de aquellos tiempos en que LA RIOJA pasó a llamarse NUEVA RIOJA, ja, ja, ja. Y aunque empecé fuerte, lo dejé en verano, y luego lo ralenticé, no he podido evitar llegar otra vez a las cien entregas. Bueno…, cien entregas y alguna otra más, porque colgué también los artículos de UNA VOZ EN UN LUGAR que nadie me había querido publicar (44), y algunas piezas sueltas de EL RETABLO DE AMBASAGUAS, otras del propio ELHALL o de temas SUELTOS por ahí. Y por si todo ello fuera poco, el 20 de octubre inauguré el CASCOTES que ya va por el número 21. También conseguí contra viento y marea (PP) publicar la Guía, ¡y a duras penas también conseguí que los del PSOE y los del PR que pensaban que la Guía la había hecho el PP, la pusieran a la venta! En fin, vaya temporadita que llevo encima.

Hay que celebrarlo, este cien hay que celebrarlo por todo lo alto.

Lo primero que se me ocurrió fue preparar una gran comida. Vaya, hombre, sí, ya me diréis que en eso no ando sobrado de imaginación: en este país toda celebración pasa por comer y comer. Pero no es eso, no. Lo de la comida se me ocurrió porque últimamente veo el programa de Arguiñano y en estos tiempos de penuria arquitectónica la preparación de sus platos me pareció mucho más osada y muy superior en riqueza de formas, texturas y colores que un Gehry, un Marino o una Hadid juntos. Por eso ahí arriba van un par de platos “arquitectónicos” para la comida de este centenario.

Pero cuando ya tenía claro que los platos de Arguiñano iban a ser el centro esta fiesta me encontré que el amigo Dulín me había puesto en el Belén del COAR como caganer. Normal que platos tan emperifollados me sentasen mal y tuviera que deponer en el callejón del COAR a cubierto del tendedero del vecino. Lo que no me esperaba era el ejército de caganers forrados de oro que deponen en la peana de al lado. Que cada cual lo interprete como quiera…

Dulín me envió por correo el recortable de mi caganer para que los lectores del LHD lo pongan este año en su belén, y para mi no podía haber mejor celebración. Como dice la wikipedia: colocar esta figura en el Belén trae suerte y alegría; no hacerlo comporta desventura. Ahí va pues en un formato suficiente para que hagáis la figurita.




Ya estaba la fiesta más que colmada cuando el sábado pasado salí a la calle por la mañana y me encontré con una pequeñita obra de arquitectura de las de verdad, de las que aún me hacen tilín. Una tienda de joyas en la calle Jorge Vigón, sencilla, correcta, elegante, duradera, moderna, innovadora, con un escaparate brillante y bien iluminado, una obra que me dejó tan clavado como esos discursos serios que alguien sensato te suelta el día de tu fiesta en medio del jolgorio. Me pega que el arquitecto es el mismo que el del caganer pero eso, de momento, es lo de menos. Lo importante es que me paró en seco y me hizo pensar que la buena arquitectura no está en los platos de Arguiñano ni en el belén del colegio, ni en las dudas y las mofas de estos blogs míos, sino en su sitio, en la ciudad. Y que hay que apreciar lo mucho que cuesta lograrla. Y que hay que salir a la calle a buscarla


No me daba el sueldo de crítico para entrar y comprarme una joya con que celebrar finalmente este centenario, pero para un arquitecto qué mejor joya que haber encontrado esta joyería.

Feliz nuevo centenario.

martes, noviembre 13, 2007

ELHALL 100



Soy tan ingenuo o tan iluso que me había imaginado que cuando elhAll llegara al mítico número 100 algo tendría que pasar. Tan ingenuo e iluso como para imaginar que me llamaran del COAR para hacer una reflexión colectiva o una fiesta conmemorativa, no, porque tras la forma en que se han conducido en los últimos años poco o nada bueno cabe ya esperar hacia mi de los miembros de la actual Junta y de quienes más decididamente les apoyan. Pero por lo menos me había imaginado que hicieran un número especial con colaboraciones de los otros directores que ha tenido elhAll, como Enrique Aranzubía, José Miguel León, Gaspar Aragón o Carlos de Pablo (omito deliberadamente a Pablo Larrañeta porque como lo dirigió conmigo puedo asegurar que no dirigía nada); no sé, un número con algo más de contenido que la publicidad de las Jornadas del Patrimonio, cuatro páginas rellenas con fotos y dos o tres colaboraciones peñazos y descafeinadas.

Como no tienen ni siquiera la deferencia de mandármelo (mientras que se lo envían a gente que directamente lo tira a la papelera) me avisó el otro día un amigo que ya había salido con la foto que pongo arriba, y gracias a otro amable amigo conseguí hacerme con un ejemplar.

¡Qué decepción! ¡Qué desencanto! ¡Qué tristeza! (hasta el chiste de Arraquis era triste: ¿qué ibas a celebrar Jesús como no sea el mero vacío del número que caricaturizas?).¡Y que editorial de presentación! Me dieron ganas de reproducirlo para comentarlo frase a frase y hacer mofa de la pobreza intelectual de quien lo ha redactado: ¿Martín Sáez? ¿la propia Junta? ¿Javier Arizcuren? (por cierto, Arizcuren, lee en la pag 1 del número 71 lo que escribiste sobre elhAll y mira lo que has hecho de él); pero la sensación de pena por la falta de valores humanos era mucho mayor que la indignación ante la pobreza cultural y me dije que quizás podría contar yo algo en éste mi refugio del LHD para que quien eche en falta la celebración de esa efeméride pueda pasar un rato haciendo recuento conmigo y escuchando alguna anécdota sobre lo que ha dado de sí elhAll.

Desde el ilusionado enero de 1995 en que apareció el número 1 hasta este triste noviembre del 2007 en que se ha editado el número 100 han pasado casi trece años (número de mal agüero) de historia del Colegio de Arquitectos de La Rioja, de los que, mal o bien, ha quedado algún registro en sus páginas. Cinco decanos (Jesús Pascual, Gerardo Cuadra, yo mismo, Pedro Moral y Domingo García Pozuelo); un momento crítico para la esencia colegial de la profesión como lo fue la liberalización de tarifas; varios coordinadores de cultura (Marta, Giovanni, Josemi/Vega, Javier Solozábal jr. y Maite); muchos edificios, pocos planes urbanísticos, muchos artículos de reflexión, muchos e interesantísimos viajes de arquitectura reseñados (no sólo anunciados), mucho debate, tres colaboradores impagables (Pepe Garrido, Javier Dulín y Jesús Ramos) mucha crítica, mucho error, mucha comprensión, mucho respeto, pero sobre todo, sobre todo, mucha pluralidad.
La información como un acto de generosidad y no como un prurito de poder.
Los cien números se han distribuído en estos 13 años de un modo bastante irregular.

Epoca 1: 1995: 12 meses, 12 números (del 1 al 12), director: yo mismo.
La primera anécdota que se me ocurre contar es que quienes vieron nacer ELhALL se sorprendieron de que con tan sólo un año de vida pasara yo voluntariamente el testigo de su dirección. La información es un asunto de generosidad, digo, y no un status de poder, así que no me dolieron prendas dejar que otro lo dirigiera cuando el invento estaba en plena alegría infantil.

Epoca 2: 1996: 12 meses, 12 números (del 13 al 24), director: Enrique Aranzubía.
Lo más divertido de esta época es que durante la misma yo salí elegido Decano del COAR y como no me gustaba cómo lo hacía Enrique lo primero que hizo éste al saber de mi nuevo cargo fue decirme que ponía ELhALL a mi disposición. Ja, ja, ja, nada más lejos de mi intención que quitarle a nadie la palabra, así que le dije que por favor continuara hasta fin de año con su estilo.

Epoca 3: 1997: 12 meses, 10 números (del 25 al 34), director: José Miguel León. La anécdota más significativa de esta época es que Josemi, que era también el vicedecano del COAR, me censuró (¡al Decano!) un artículo que escribí contra la dedo-adjudicación de las palazzinas a Moneo. Hombre, como curiosidad histórica o motivo de fiesta sería interesante sacarlo de su carpeta y ponerlo en este blog.

Epoca 4: 1998: 12 meses, 11 números (del 35 al 45), director nominal Pablo Larrañeta, aunque como he dicho Pablo no dirigió nada y lo hacía todo yo. Jugué a hacer una portada como de periódico con intención de actualidad y nunca dudé en publicar críticas a Elhall como la que hizo Josemi en el número 37. Con la perspectiva que dan los años no creo que él hubiera hecho lo mismo.

Epoca 5: tras cuatro meses de parón se hicieron cargo del hAll Gaspar Aragón y Pablo Larrañeta (igual hizo algo Pablo en esa temporada, eso ya no lo puedo decir). Entre mayo de 1999 y agosto del 2000 (16 meses) editaron 8 números (del 46 al 52). Los tres primeros aún lo hicieron con la maqueta vieja pero en el número 49 renovaron el diseño, la tipografía y el papel, buscando “un cambio de imagen”, y doblaron la paginación. En el número 50 me publicaron un artículo titulado “El Cielo” que la Junta remitió a su Asesor Jurídico para que informase de “las consecuencias jurídicas que pudiera tener para el COAR su publicación”. El informe de Luis Beltrán es una auténtica pieza de coleccionista para la historia de Elhall.

Epoca 6: desde septiembre del 2000 a Julio del 2002 lo dirigió Carlos de Pablo, quien en 22 meses editó 10 números (del 53 al 62) volviendo a las cuatro páginas, excepto en dos números en que las duplicó para exponer los proyectos de dos concursos de arquitectura (el del Ayuntamiento de Rincón y el de vivienda pública en Logroño del año 2001).
Cuando la irregularidad de edición parecía dar a entender que elhAll se estaba muriendo cambió la Junta de Gobierno y Domingo me ofreció volver a dirigirlo. Acepté encantado y esperanzado.

Epoca 7: recuperé la vieja tipografía Times y el papel de hoja parroquial, le cambié la cabecera sin nostalgia de la vieja, y desdoblé sus contenidos en dos cuadernillos: la doble hoja de elhAll estructurado mediante columnas y la doble hoja central y monográfica del hastalaCocina. (La A y la C mayúsculas jugueteaban a recuperar las míticas AC del GATEPAC). Entre octubre del 2002 y febrero del 2005 (29 meses) edité 27 números (del 63 al 89). Durante esa etapa hice mi única “censura” (si cabe llamarlo así) a un artículo de Ernesto Reiner que aireaba los errores informáticos del COAR bajo responsabilidad de Alfonso Samaniego, aunque finalmente lo compensé largamente con una entrevista a su autor: véase el número 75, pag 3. (Puestos a hacer historia voy a colgar hoy mismo ese artículo como Cascote a la vez que este LHD).
En el 83 publiqué en primera página el furibundo ataque del ex Decano Jesús Pascual (Crónicas Marcianas) contra mi manera de llevar elhAll y en el 89 el “ACUERDO DE LA JUNTA DE GOBIERNO” que acababa con esta hermosa etapa. Resulta curioso saber que uno de los que jalearon a la Junta para que me descabezaran fuera el propio Ernesto Reiner quien envió una indecente carta a la Junta (en la que estaba su atacado Alfonso Samaniego) que mis servicios secretos de espionaje me permitieron leer. Creo que no hice copia ni la guardé, así que no podré publicarla junto con los anteriores dos textos en estos fastos del centenario.
En fin, cerrado elhAll en febrero del 2005 con un hC bastante malo de Pablo Larrañeta sobre Asplund en el que éste no se dignaba mencionar quién le había llevado a Suecia a ver la obra de Asplund ni quien se había tomado la molestia de enmaquetar con mimo un texto más propio de estudiante que de otra cosa (de “agradecidos” está el infierno lleno, que decía Sancho), un día de esa triste primavera del 2005 me encontré con el argentino y advenedizo Martín Sáez y viendo que quizás él podría evitar que elhAll muriera, le sugerí que se animara a levantarlo. En mala hora: es mejor un muerto digno que un vivo muerto.

La octava época de Elhall (en el editorial del número 100 dicen que ha habido nueve etapas diferentes pero el salto de la octava a la novena, producido entre el número 95 y 96, ha sido tan imperceptible y caprichoso que nadie se ha dado cuenta) comenzó en julio del 2005 con el número 90, así que en 28 meses Arizcuren y Martín han editado 11 números con un formato que rompió el tradicional DINA3 y le metió papel couché, colorines y volvió a quitarle la legible Times. Una revistilla para ver y no leer, un collage invertebrado y abstracto de letras y fotos que en su insistencia y continuidad parece querer demostrar una y otra vez que está más muerta que viva.

Hago sumas y me sale que de los 100 números editados aún estoy en mayoría pues bajo mi batuta se han hecho 51 y en los restantes colaboré nada menos que en 27 de ellos. En la última etapa y a excepción de una mala cita del número 95 han evitado nombrarme (como hacían los stalinistas con las fotos) dándome por desaparecido. ¿Son estos los mismos de la tan cacareada memoria histórica?
En fin, siga siendo yo ingenuo o iluso lo que ya puedo certificar es que, si llegando al número 100 no han sido capaces de hacer absolutamente nada para celebrarlo, elhAll está definitivamente muerto. Y ya no me molestaré más en buscarlo ni por el mero vicio del coleccionista.

R.I.P.

viernes, noviembre 09, 2007

MONTPELLIER EN UN MAPA Y CATORCE FOTOS


Dentro del magma difuso y confuso en que se ha convertido todo extrarradio de una ciudad moderna, los elementos claves del núcleo de Montpellier se entienden con cierta facilidad haciendo una lectura de Oeste a Este. Para ser todo lo breve que se precisa en un blog, éste el recorrido que aquí voy a proponer.


(1) A mediados del siglo XVIII se construye en su extremo occidental un largo acueducto de abastecimiento de aguas que como toda gran infraestructura de ingeniería marca y da personalidad a la ciudad.


(2) Para redondear la operación de un modo iconológico, el depósito para las aguas del acueducto se adornó/ocultó con un templete singular que funciona como punto de observación de todo el paisaje circundante de la ciudad.


(3) Y desde el templete hasta el provinciano arco triunfal de entrada al casco urbano, una amplia arboleda con estatua ecuestre en el centro, remató la operación. Las tres piezas me trajeron a la memoria la obsesión del catedrático Javier Unzurrunzaga por dotar a las ciudades de espacios y articulaciones que la hicieran entendible. Dan casi siempre un gran resultado. Y digo casi siempre… por lo que vendrá luego.


(4) Traspasado el arco triunfal y unos cuantos estupendos edificios “marca grandeur republicana”, el casco antiguo nos sorprende por su trazado irregular, la estrechez de las calles y la piedra blanca y limpia de sus casas.


(5) Unas pocas plazas llenas de terrazas en torno al mercado le dan aire y mucha vida urbana. En verano y al caer la tarde, el glamour de las jovencitas que van de compras luciendo su bronceado es una delicia para la vista.



(6) (7) Siguiendo hacia el Este el casco viejo desemboca en un par de salones urbanos: uno de ellos lamentablemente peatonalizado y convertido en un paramal de baldosas con un tranvía; y otro arbolado, más amable, aunque también peatonalizado en sus antiguas calzadas laterales, que apunta hacia el norte.


(8) La charnela de esos dos salones marca y conduce a un feísimo embudo con un no menos espantoso edificio en medio que parece tragarse tres cuartas partes de la población pues en él se ubica un gigantesco centro comercial "urbano" detrás del cual se sitúa el gran eje creado por Ricardo Bofill para “ordenar” la brutal operación urbanística “Quartier Antigona” realizada en los años ochenta sobre antiguos espacios militares.


(9) Urbanísticamente hablando lo más curioso de ese embudo es que es a la vez un tapón pues el único modo que encontramos para pasar de los dos salones anteriores al eje de Bofill es a través del centro comercial, perdiéndonos entre los pasajes de tiendas, y siendo escupido por unas estrechas escaleras mecánicas envueltas en gigantes molduras prefabricadas. Me quedé con la duda de saber cómo se pasa por la noche de un lado a otro.




(10) (11) y (12) La arquitectura postmoderna y bofilliana del eje del Quartier es tan ramplona y desescalada que a pesar de los lógicos esfuerzos de limpieza y decoración de la tradicional urbanidad francesa, su pretendida monumentalidad ahoga cualquier asomo de vida. Lo mejor que se me ocurre decir de esa arquitectura es que es como un gran cementerio urbano donde molduras falsas y enormes masas esperan la hora del juicio final. La poca vida callejera corre a cargo de unas tristes terrazas envueltas en jardineras.



(13) y (14) Las traseras del centro comercial y los límites del Quatier Antigona con el resto de la ciudad son desoladoras y chirrían en cada encuentro. La última invención de los ingenieros y urbanistas municipales ha sido colocar por allí dos líneas de tranvía de calzada exclusiva, lo que hará imposible curar semejantes heridas.

Viajar y ver ciudades nos pone cada día ante el terrible espectáculo de una Arquitectura y un Urbanismo ya no en decadencia sino absolutamente demoledores para las viejas ciudades. Duele un montón ver que una ciudad tan bonita y prometedora como Montpellier no sólo no se salva de las técnicas de los ingenieros y arquitectos del siglo XX sino que ha sido duramente maltratada y condenada por la crisis de sus disciplinas y, por supuesto, por el coro de políticos y medios de comunicación que no sólo lo ignoran sino que parecen encantados con ello.

(todas las fotos se pueden ampliar un poco clickando sobre ellas)



martes, noviembre 06, 2007


IDIOTA

“Este proyecto marca el cierre de un proceso de cambio ya patente en las obras de los últimos años, un proceso que ha ido pasando desde un método proyectual centrado en referir con el mínimo de mediaciones posibles lo funcional a lo compositivo y lo compositivo a lo constructivo –a ser posible sin ninguna de las mediaciones historicista-tipológica-, a una concentración en lo atmosférico, basada en el equilibrio entre simplicidad geométrico-material y complejidad experiencial, un sistema que ha ido descargándose paulatinamente de jerarquías funcionales y espaciales, de manera constructiva (los materiales siempre tienen adheridos demasiados significados) y de la geometría como instrumento de expresión (rectángulo, círculo y flor es el reducido abanico actual), para hacer de la luz –distribuida con intensidades equivalentes y la mayor ligereza, sin el peso de la luz sólida del Panteón, para entendernos- y de la dislocación programática –organizando los programas con lógicas de distribución y diseminación contrarias a las funcionales-, el eje de su técnica proyectual, forzando con ella un cuadro de atenciones espaciales, isótropo, equivalente en todas direcciones.
Esta estrategia desmaterializada y difusa que denomino atmósférica –o, mejor, ambient, para referirla a los campos sonoros que Brian Eno inventó en el ámbito musical de Music for Airports, hace ya tres décadas- compone una de las nociones de belleza más abstractas y atractivas en el panorama estético actual, pero también puede interpretarse como una especie de neomaterialismo que trasladaría el peso de lo tectónico tradicional a la manipulación del aire como material a activar, al espacio como material constructivo (otra palabra, el espacio, casi en desuso, que pasaría a través de esta idea ambiental a ser de nuevo interesante, y con ella James Turrell, convertido en uno de los grandes profetas de esta visión, seguido, a cierta distancia, por Dan Graham…).
El diagrama adquiere un papel característico bien distinto del instrumental consustancial a su uso técnico moderno. Aquí se convierte en objeto estético, destino final, forma espacial reificada. Objeto de seducción y no de análisis, la capacidad del diagrama y de la visión estructuralista que soporta tal invención para analizar las relaciones entre cosas y/o ideas mediante su disposición en un espacio mental isótropo que desplaza el campo diacrónico de la experiencia y del discurso al sincrónico del diagrama, pasa a ser irrelevante, utilizada de forma puramente esteticista, como un lenguaje plástico dotado de leyes precisas que permiten construir una dispersión coherente de elementos sin cualidades o memoria (de la que Sejima o quizás Nishizawa parecen sospechar por la carga de convención que soporta).”

Estoy seguro que buena parte del hundimiento de la arquitectura de nuestro tiempo y la descomposición de nuestras ciudades están provocados porque nadie llama "idiotas", de un modo público y decidido, a los arquitectos que, antes en las revistas de arquitectura y ahora ya en los periódicos de máxima difusión, escriben y publican este tipo de cosas.

El texto es de Iñaki Abalos lleva por título UN MANIFIESTO DE CRISTAL, ha sido publicado en el suplemento Babelia de EL PAIS del 3 de noviembre del 2007, y se refiere a una obra de los arquitectos Sejima y Nishizawa en Toledo (Ohio, Estados Unidos) cuya fotografía se muestra como ilustración del artículo y de este post.

La idiotez del artículo llega al punto de terminar mencionando el desconcierto que produjo entre los visitantes del edificio lo único que dijo la autora de su obra: “quizás sea demasiado simple”.

Por si alguien no lo sabe, os recuerdo que Iñaki Abalos es profesor de arquitectura y es el que nos va a hacer la estación del tren en Logroño (mira que si nos la hace al fin con esa “especie de neomaterialismo que trasladaría el peso desde lo tectónico tradicional a la manipulación del aire como material a activar”, lo bien que le iba a venir al tren y a Logroño ¿eh?).

viernes, noviembre 02, 2007


PS / MONTARTO

Buscando para una lectora mallorquina la transcripción exacta de unos versos de mosén Cinto Verdaguer sobre el Valle de Arán he desempolvado un bonito libro de 1977 que llevé en mi primer viaje al valle y he encontrado en él otra vieja foto del Montarto que traigo aquí con la definición suficiente para que el que quiera se la baje como fondo de pantalla.
Por aquello de rendir tributo al autor diré que el libro mencionado lo escribió Cayetano Enríquez de Salamanca y se lo editó él mismo, pero la foto no es suya sino de "Foto Porras".
Y ya puestos, transcribo también los versos de Verdaguer que están en la pag 21:
Ei era Val d´Arán era ribèra
mès pulida de tut et Pirineu,
Quan se met era pella naua e bera
nu hi ha arrén ta pulit dejús det cèu

EL MONTARTO

Movido a:

http://montesyarquitectura.blogspot.com/2008/04/9-el-montarto.html